El desprecio por la ley, comparable a la de los reyes de la Edad Media
La gente común está triste, por sus hijos y sus nietos, por lo que hacen los ambiciosos y corruptos políticos de pacotilla
Por: J. Cruz García Espinosa
México es el país de las apariencias, de lo absurdo, de lo sin sentido, de lo irracional.
Sobre su sinuosa y extensa geografía –repleta de ricos recursos naturales, como también de políticos a los que el poder forjó su mentalidad obsecuente, corrupta y ambiciosa–, pasa todo y nada pasa; todos mienten y nadie miente; todo es oculto y nada lo es.
México, en realidad, es una nación desconocida hasta para los mismos mexicanos; un rompecabezas que nadie ha podido armar; una hermosa pero inconclusa sinfonía; una flor del cosmos, de cuyos pétalos los poetas sólo han atinado a dar unas cuantas pinceladas.

México, pues, es un país complejo, enigmático e imposible de captar en su intensidad profunda.
En México, si el Presidente miente y se comporta como un mitotero para desviar la atención de que la economía, la educación, la seguridad y la salud se colapsan; si los militares –a quienes se rinde culto, como si fueran lo más representativo de la nacionalidad, honestos y eficientes–, están coludidos con el crimen organizado; si parte de su gabinete duerme con delincuentes; si el consumo de drogas está disparado entre los adolescentes y los jóvenes; si los homicidios y la violencia no paran… no pasa nada.
Si un ex gobernador, ex secretario de Gobernación y hoy coordina a los senadores de su partido, es acusado de haber nombrado secretario de Seguridad a un delincuente mientras fue primer mandatario de su estado, no pasa nada.
Si asesinan a una profesora jubilada convertida en taxista por no pagar a sus extorsionadores o si el INE determina que los acordeones utilizados en la elección del “nuevo” Poder Judicial fueron “todo un éxito”, no pasa nada.
Si los políticos en el poder recorren el mundo, para gastar parte de lo malhabido o con recursos públicos, salvo algún jalón de orejas presidencial, no pasa nada.
Esto –y mucho más– es México, en estos tiempos que nos ocupan. Un país donde pasa todo y nada pasa.
Lo que la prensa nacional y extranjera publica que ocurre en el territorio nacional, en cualquier otra nación del mundo ya habría provocado un sacudimiento político para, al menos, mandar al diablo a los responsables. Pero en México no pasa nada.
En México, los políticos aludidos parecen contrariarse un poco, lo comentan con sus pares, pero luego con arrogante soberbia vuelven a mentir. Sostienen que todo es parte de una campaña para desprestigiarlos:
–Son ataques de la prensa conservadora, dedicada por completo a atacar al Gobierno…, afortunadamente el pueblo nos tiene confianza –dicen, y después lo olvidan.

Mienten, mienten
Comienzan mintiendo y siguen haciéndolo –creyendo que la ciudadanía es tonta, estúpida–, porque jamás han tenido la voluntad de transparentar sus acciones públicas –como forma de decisión– para combatir la corrupción gubernamental; disminuir la violencia y el desabasto de medicamentos; la viabilidad de las obras faraónicas e inútiles: la refinería de Dos Bocas, el Tren Maya y el Aeropuerto Internacional Felipe Ángeles, por ejemplo.
Mienten, mienten. Utilizan la mentira y el engaño como formas de gobierno.
Sus creencias e ideologías trasnochadas los mueven a tomar decisiones arbitrarias, que causan daños graves al país, lo aíslan más de la comunidad internacional y reducen el margen de confianza de los inversionistas en relación con México, al que comienzan a ver como un país sin leyes en el cual impera la voluntad de un grupúsculo, que puede destruir en un día su trabajo de años y su inversión.
En un país en el que hubo temor por la pandemia, de vacilantes finanzas públicas, de violencia e inseguridad, las decisiones absurdas de muchos de sus políticos en el poder hoy, es nuevo factor de inquietud por el futuro de la nación. En lo relativo a la epidemia del Covid-19, las autoridades de salud aseguraban que sería posible controlarla, y así nos fue: más de 600 mil muertos.

Más que en los tiempos del PRI
La soberbia, dicen, es la madre de los otros seis pecados capitales: envidia, avaricia, pereza, ira, gula y la lujuria. A la soberbia, se le identifica como un egoísmo corrupto que antepone los propios deseos, impulsos, anhelos y caprichos al bienestar de otras personas. Es creer irracionalmente que uno es esencial y necesariamente mejor, superior o más importante que los demás, no reconocer los logros ajenos y admiración excesiva de la imagen de uno mismo; olvidar la propia falta y negarse a reconocer los propios límites, faltas o errores.
En ese contexto, la ciudadanía se pregunta si las acciones de los políticos en el poder, no tienen su origen en la soberbia, al sostener contra viento y marea los proyectos que la administración pasada emprendió sin consultar a nadie y de manera arbitraria, y su actitud frente al crimen organizado.
Para éstos hombres y mujeres en el poder, salvo escasas excepciones, en México no pasa nada, aunque las mañanas de la ciudadanía no parezcan las mañanas del país que conocieron; aunque un tufillo pestilente penetra todo y la gente está triste por ellos y por México.
Algunos ciudadanos de a pie se asustan un rato. Lo comentan en su oficina o en el taller, luego dejan el oscuro tema y vuelven a casa, donde sus pequeños hijos o nietos, juegan. Los miran y escuchan sus risas y gritos jubilosos. Los abrazaban y rodean de amor.
Por ellos no renuncian a la esperanza y piensan que, por encima de la locura de un grupo de políticos, en el cual imperan la ignorancia y la falta de capacidad para gobernar con sentido de verdad y bien, se impondrán los buenos deseos de la gente común.
El desprecio que esos políticos muestran por la ley llega al extremo, y su caprichosa voluntad, sin embargo, son comparables ya no a la de los viejos tiempos del PRI, sino a la de los reyes de la Edad Media.
Por eso la gente común, sencilla, está triste, por sus mañanas, por sus hijos, por sus nietos, por lo que pasa en México con esos ambiciosos y corruptos políticos de pacotilla.






