El pobretón que con dinero enloqueció

Juan Carlos Reséndiz Rojas, “empresario” de turismo

Creyó que sus billetes lo podían todo, pero, esposado, acabó ante las autoridades, por abusivo y pendenciero. Si lo investigan, será por acoso sexual y evasión fiscal.

Por: Serapio

¿Dónde termina su locura y dónde empieza su razón?, es la pregunta que las autoridades capitalinas se plantean cada vez que Juan Carlos Reséndiz Rojas, un pobretón que de la noche a la mañana hizo dinero, es denunciado de amenazar y golpear a quien se niega a plegarse a sus arbitrariedades; o es señalado de prepotente y abusivo con sus empleados, así como de acosar a las jovencitas que tiene como secretarias en su agencia de viajes.

Una de las últimas hazañas de este altanero individuo, vecino de la colonia Guerrero, se registró una tarde-noche de principios de octubre, en la calle Madero a un costado del Sanborns “Los Azulejos”, en el Centro Histórico de la Ciudad de México, cuando, después de amenazar a dos de sus ex empleados, completamente fuera de sí, los golpeó y causó daños a su equipo de trabajo.

–A mí la Policía me la pela –gritaba con voz desaforada y enloquecido a las decenas de transeúntes que, al mirar el ataque, le exigían que parara o llamarían a la Policía.

–Con dinero baila el perro –insistía cínicamente Reséndiz Rojas que siendo un pobretón sin oficio ni beneficio, inesperada como extrañamente se hizo de una gran cantidad de dinero. Lo logró después viajar a Sudamérica, en particular Colombia. Viajes que en la actualidad realiza con regularidad.

Con esa pequeña fortuna, el nuevo Juan Carlos abrió una agencia de viajes que el día de hoy tiene oficinas en el lobby del Hotel Alameda, en la calle de Balderas y en la Torre Latinoamericana, en las que laboran una decena de trabajadores (guías turísticos, vendedores del servicio, chóferes y secretarias), la mayoría de ellos sin salario (sólo comisiones de venta) ni ninguna prestación social, como IMSS, vacaciones y menos, utilidades.

Para el traslado de quienes aceptan sus servicios (en particular extranjeros), utiliza dos camionetas: una Volkswagen y una Toyota que, al ser particulares, operan sin tener placas de turismo.

Acostumbrado a no pagar las cuotas del IMSS, tampoco da facturas por su servicio, para no pagar los impuestos fiscales respectivos. Cuando es visitado por personal de Hacienda, les cubre los ojos; les tapa la boca y las orejas con unos cuantos billetes. Y sigue con su rutina evasora.

En su más reciente hazaña Reséndiz Rojas explotó contra sus dos ex trabajadores, porque éstos ya no aceptaron sus abusos y arbitrariedades y, conocedores del negocio, decidieron independizarse y abrir su propia agencia de viajes.

Al patrón abusador que hace fortuna evadiendo al fisco y explotando a sus empleados, a quienes no paga ni salarios bajos, pero, eso sí, les exige jornadas laborales de 48 horas, primero desconcertó la actitud de los dos jóvenes emprendedores rebeldes y luego llenó de enojo que convirtió en furia.

Desde entonces comenzó a amenazarlos e, incluso, pagó para un pandillero los golpeara. Como sucedió. Pero como tampoco esto causó el efecto gangsteril deseado, personalmente quiso demostrar su “poder”.

Al momento de la agresión, ante el griterío de los transeúntes, por la actitud grotesca del sospechoso “empresario” del turismo, llegó un puñado de uniformados de la Policía que operan en el Centro Histórico y ese momento, Reséndiz Rojas, quien poco antes vocifera “A mí la Policía me la pela”, corrió a su encuentro para exigir la detención de sus víctimas.

Y quizá así hubiese sucedido, si no es porque la gente reunida, para entonces convertida en una pequeña multitud, intervino y expuso a los uniformados cómo, en realidad, se habían dado las cosas: que Juan Carlos Reséndiz Rojas, enervado, fue quien llegó a amenazar, agredir y destruir el equipo de sus dos jóvenes ex empleados.

Queriendo o no, quien iba al mando de los vigilantes del orden público, ordenó que lo detuvieran y, esposado, lo trasladaran y presentaran ante las autoridades correspondientes.

Como colofón de la penosa hazaña del “empresario” que, al dejar de ser pobretón, se creyó a pie juntillas el dicho popular que reza: “Con dinero baila el perro”. Sin embargo, al menos en esta ocasión, se equivocó, por lo que rumiando mentadas de madre e insultos en contra de todo mundo, paró ante una ceñuda agente del Ministerio Público.

¿Se “arregló” con la representante de los intereses de los ciudadanos para la investigación y persecución de los delitos y de las conductas que afectan a la sociedad; que vela por sus intereses y combate la impunidad y la delincuencia?, esa es otra historia que contaremos en la siguiente edición de Proyecto Vanguardia.

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