Marx Arriaga, nefasto legado

Recomendado de Beatriz Gutiérrez Müller

Lo corrieron de la SEP y sus desplantes de despedida, lo retrataron como un histérico y trasnochado fanático del pasado.

Por: J. Cruz García Espinosa

El texcocano Marx Arriaga Navarro, saltó de la mediocridad a la palestra política con la misma rapidez que su carrera en el servicio público, gracias a su cercanía con Beatriz Gutiérrez Müller, esposa del expresidente Andrés Manuel López Obrador. Lo colocó en un espacio privilegiado, para continuar el proyecto “educativo” del tabasqueño.

Hasta principios de febrero fue director general de Materiales Educativos, el área encargada de elaborar los libros de texto de la educación básica en México; posición estratégica en la Secretaría de Educación Pública (SEP). Pero con la llegada a la Presidencia de Claudia Sheinbaum, su suerte cambió y terminó con su salida.

Arriaga Navarro fue el arquitecto de la polémica “Nueva Escuela Mexicana”, marcada por críticas públicas a los cambios en la estrategia educativa que, incluso, refleja los problemas políticos por los que atraviesa el sistema educativo en México.

De 44 años, y doctor en Filología Hispánica por la Universidad Complutense de Madrid, Arriaga se incorporó al aparato gubernamental como director de Bibliotecas en la Secretaría de Cultura, en 2019; y en 2021 ocupó la dirección de Materiales Educativos, desde donde delineó lo que llamó la “Nueva Escuela Mexicana”, y editó los textos para los más de 23 millones de estudiantes en educación básica.

Pero antes, acompañó a Gutiérrez Müller como sinodal en su camino para obtener el grado de “doctora en Humanidades”.

Los nuevos textos de la SEP, fueron duramente criticados por su carga ideológica y adoctrinamiento, la improvisación en su implementación, la falta de capacitación para los docentes, deficiencias en la enseñanza de materias básicas y la complejidad de sus contenidos.

Arriaga argumentó que los textos debían romper con el modelo educativo “neoliberal” y apostar por una “visión comunitaria, crítica y humanista del aprendizaje”. Lo que abrió un frente de confrontación con especialistas, organizaciones civiles y gobiernos estatales que cuestionaron tanto el contenido como el proceso de elaboración de los textos, quienes le señalaron errores conceptuales y fallas metodológicas.

En respuesta, Arriaga los acusó de defender privilegios y de resistirse a un “cambio profundo en el sistema educativo”, hasta el último momento. Incluso puso en tela de juicio la apuesta educativa de la presidenta Sheinbaum y su deseo de continuar con el modelo de su antecesor. Cuestionó, además, a organismos internacionales, especialistas y sectores empresariales, lo que amplió las controversias más allá del ámbito educativo.

Con Sheinbaum en la presidencia, la SEP inició ajustes de prioridades y depuró equipos. Decisión a la que Arriaga puso resistencia y por la que se volvió incómodo.

Dejó el cargo rodeado de versiones encontradas sobre renuncias, reacomodos y desacuerdos, que evidenciaron una ruptura con el modelo político anterior y con un funcionario estrechamente identificado con el círculo de López Obrador y Gutiérrez Müller.

Beatriz se reveló como una mujer de carácter dominante y extremista, inclinada a ocultar sus intereses o pensamientos. Más que continuar en lo espiritual, lo artístico o lo esotérico, como públicamente aseguraba, ávida y curiosa, al lado del Presidente, su marido, influía en sus decisiones.

Para algunos analistas, Beatriz era una mujer con metas propias, muy alejadas de la vida pública. No tenía las intenciones y ambiciones de los demás: desdeñó ser Primera Dama, y trabajó como periodista y en los puestos que Andrés Manuel le asignó, como jefe del Gobierno capitalino, pero sin mayor ambición; tenía fama de ser agnóstica, y, dado su comportamiento, parecía beata culta, pero no tenía vocación para ser religiosa.

Otros analistas, sin embargo, en sus trabajos periodísticos dejaban entrever que ella era quien controlaba los hilos de las decisiones de su marido, el Presidente, y recordaban pasajes no tan ocultos de su pasado reciente que la ubicaban como algo muy cercano a la transa, o asuntos engañosos de los que tanto se quejaba su marido.

Una de esas versiones la situaba como “aviadora”, término con el que se conoce a quien recibe un sueldo de alguna oficina, particularmente de gobierno, sin trabajar para ella; o como quien figura en una nómina y percibe sueldo, pero no se presenta a trabajar.

–Es una vivales –deducían algunos de sus críticos de verbo endurecido– porque iba a los mítines de su marido y Morena, en lugar de dar clases en la UACM.

En 2013, sin estar calificada se le ofreció la plaza de “profesora investigadora” en la Universidad Autónoma de la Ciudad de México. Actividades que apenas y desarrolló, por no tener la preparación necesaria para la enseñanza y porque casi no asistía, pero cada mes cobraba los cuarenta mil pesos que le pagaba la UACM como “profesora investigadora”.

Beatriz era dieciocho años menor que Andrés Manuel. Él la enamoró siendo jefe de Gobierno de Ciudad del México y ella asistente de la Dirección de Difusión, en 2002. Tres años después de que él enviudó (Rocío Beltrán Medina, su primera esposa, murió el 12 de enero de 2003) se casaron.

Beatriz no era una belleza (hija del administrador de empresas Juan Gutiérrez Canet y de la académica Nora Beatriz Müller Bentjerodt, chilena de ascendencia alemana). Delgada, nerviosa, rostro adusto y dura mirada, tenía todas las probabilidades de convertirse, al paso de los años, en una vieja gruñona. Pero desde que se supo era novia del político más popular del momento, la gente comenzó a verla casi bonita.

Inteligente y decidida a triunfar, sin duda lo habría logrado sin la ayuda de su esposo que le facilitó el trabajo, abrió puertas y evitó escollos. Se graduó en Comunicación por la Universidad Iberoamericana de Puebla en 1998 e hizo maestría en Literatura Iberoamericana en esa casa de estudios en 2002; además de escritora, era doctora en Teoría Literaria por la Universidad Autónoma Metropolitana.

Al poco de que él llegó a la Presidencia, ella, que decía no le interesaba la política, se convirtió de facto en jefa de gabinete de Palacio Nacional, su asesora y consejera. Tenían un hijo de (entonces) quince años llamado Jesús Ernesto. Él le brindó poder, satisfacciones y hasta placer, ella le ofreció cariño, admiración y respeto. El equilibrio reinaba entre los dos, y se mostraban satisfechos ante la gente. Pero el poder la transportó a otro mundo.

Hizo carrera pública apoyada en las redes sociales. Avanzó sin prisa a la sombra de la popularidad de su marido, “defendiéndolo” de los “ataques” que le lanzaban sus adversarios. Hábil en el manejo de los sitios de Internet –puente entre el Presidente y sus seguidores, con intereses en común y con quienes se comunicaba e intercambiaba información–, se las ingeniaba para hacer sentir su presencia y dar a entender que el Primer Mandatario aprendía de ella, su discípula.

De apariencia frágil, pero expresión fuerte, combinaba su astucia con la perseverancia. Sin embargo, la dominaban los impulsos que la inclinaban a distanciarse de la gente que no pertenecía a su círculo íntimo para ocultar sus intereses, muy alejados de los temas académico, culturales o científicos, espirituales, artísticos y esotéricos que tanto le habían atraído antes de casarse. Ahora proyectaba seguridad y sus ambiciones, sobre todo en el terreno político.

Muestras de su carácter y personalidad fuertes –y estar alerta siempre de lo que se decía del Presidente o de su entorno– sobraban en las redes sociales que tanto manejaba. A cada señalamiento en contra, respondía de tal forma que sus palabras sonaban crudas o poco empáticas, pero no le importaba. Tendía a mostrar rudeza y agresividad verbal.

Sus respuestas desataban discusión en las redes sociales. Lo que motivaba más críticas, en las que se reprobaban sus respuestas y le recriminaban que si bien ella –por voluntad propia– no se veía como Primera Dama, no tenía por qué no comportarse como si lo fuera.

La dibujaban como una mujer que ejemplificaba falta de solidaridad con los niños con cáncer y casi la miraban crucificándose para defender al régimen, que negaba el evidente desbasto de medicamentos oncológicos. Exabruptos que evidenciaban su altanería y prepotencia. La mostraban nada sencilla y sin compasión humana.

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