Por: Rodrigo Franco, “Indio Dañado”…

En el siglo XXI, el vertiginoso avance en la telecomunicación redefine a la humanidad y plantea nuevos caminos para las relaciones interpersonales y formas de integrarnos en una sociedad, para la que el acceso a la información inmediata y al entretenimiento tiene una importancia preponderante.
Durante siglos los llamados círculos de poder determinaron, lo que es aceptable y debe ser considerado como estéticamente valioso o digno de ser admirado. El poder tiene el privilegio de “establecer moda y tendencia” y, al mismo tiempo, ratificar la supremacía económica e ideológica.
La era digital, diversificó para siempre los modos de consumo de las formas de creación. Hoy es el consumo selectivo de contenidos, por demanda o preferencia de las audiencias, lo que determina el valor comercial de los contenidos y hasta el nivel de talento de un artista. La forma de hacer contenidos ha dejado de ser “masivo”, para ser contenidos específicos para una audiencia determinada.
El artista y la creación artística audio visual se está redefiniendo, al mismo tiempo que se transforman las audiencias.
En la realidad actual, se reconoce como “artista” a quien vende por miles de dólares “una obra invisible”. También, a quien, en una concurrida galería, subasta un plátano pegado en la pared, siendo el interés y el bolsillo de éstos quienes dan valores inimaginables a esa obra.
Pero ¿qué ha pasado en este mundo digitalizado con los actores y actrices profesionales, en un entorno donde conceptos subjetivos son los que determinan en valor del trabajo en las diferentes especialidades, donde la interpretación y ejecución del actor es la materia prima? El trabajo del actor no se limita al tiempo de permanencia en el foro, escenario o set de filmación.
¿Estamos los actores y actrices de esta época, haciendo frente a los embates de formas de generar contenidos de entretenimiento fugaces y ligeros que desplazan a contenidos con mejor pretensión artística? ¿Tenemos la capacidad de hacer valer nuestro trabajo frente a los gigantes locales y globales productores de contenidos audiovisuales y reclamar salarios remuneradores? ¿Cómo hacer frente a la pérdida de oportunidades de trabajo frente a la contratación de “influencers” y “actores naturales”, en proyectos de la corriente “hiper realista”, que acapara crecientemente mercado audio visual? ¿Qué debemos hacer para enfrentar la desigual negociación frente a nuestros empleadores?

Los especialistas en la interpretación de personajes, actores y actrices, vamos perdiendo terreno como copropietarios de una obra intangible colectica, para convertirnos en “prestadores de servicio de actuación por obra determinada”. Condición en la que perdemos toda tutela sobre nuestro trabajo, lo que nos convierte en “pequeños emprendedores de la actuación”, obligados a negociar individualmente la remuneración correspondiente por nuestra obra, lo que constituye un gran desequilibrio donde el actor es la parte más débil.
He aquí donde la importancia de las agrupaciones se vuelve determinante, en la lucha social necesaria para alcanza niveles de equilibrio entre las partes contratantes de actores. Es por esto que la unión de artistas es necesaria, para lograr, para nuestro gremio, una adecuada negociación colectiva, que es, entre otras, la virtud de la Ley Federal del Trabajo en su etapa de implementación; etapa que para los actores es primordial asumirse como trabajadores, alejándose de la búsqueda de un “Mecenas”, cada vez más difícil de definir.
De esto va esta columna, por eso lleva el nombre “¡A ver llora!”, porque desde estas líneas les contestaremos: “A ver págame”.
La ANDA y su deformación

Para hablar del derecho laboral de los actores, es inevitable hablar de la Asociación Nacional de Actores, conocida como la ANDA. Sindicato fundado en 1935 y cuya historia romántica se cuenta hasta en películas. Nació por instrucciones presidenciales, cuando el país llevaba poco más de una década de haber terminado el conflicto armado por el poder. Nace por un mandato presidencial, sí, pero la conciencia de clase de los actores no fue el ingrediente inicial para motivar la unión sindical. Fue la visibilidad social del gremio lo que le permitió un lugar privilegiado al lado del poder y, en consecuencia, peso político y social en sus negociaciones frente a los empleadores de talento.
Así, hasta los años 80s, después de medio siglo de existencia, que con el decaimiento del ya para entonces longevo y desgastado PRI, y la consecuente pérdida de influencia de los actores y su sindicato, y la aparición de la cinta magnética, que permitía nuevas formas de trabajo y realización, que cambiaron para siempre la jornada laboral y las formas de contratación.
Fue la década, la de los años 80s, en la que se da la lucha por la supervivencia de la que fue hasta ese momento la mayor creadora de contenidos y entretenimiento audiovisual, misma que en décadas siguientes y hasta la fecha, batalla por existir en un mundo cada vez más tecnificado, globalizado y competitivo en lo tecnológico, comercial y artístico. Actualmente, el “personaje” más importante en este mercado, el gran auditorio, ha cambiado su forma de consumir contenidos y entretenimiento. De espectador pasivo de los contenidos, ha pasado, incluso, a ser un consumidor con capacidad de demanda de contenidos. La difusión ya no se rige por la oferta existente, ahora la demanda predomina sobre la primera.
Y en todo esto ¿dónde entra la ANDA? Esa es la principal duda a resolver, el enigma que se pierde en los años, egos, corrupción, ignorancia, fama y hasta un falso glamur.
Dejando por el momento el tema histórico y anecdótico, la ANDA durante su existencia, no se ha atrevido a ser un auténtico sindicato, donde se gestione la estrategia jurídica y social en defensa de sus derechos y del alcance ahora global de su materia prima, pese a que nació como un sindicato de resistencia. Es decir: atento permanente a dotarse de herramientas y estructura para reivindicar su presencia y control de todas las formas y lugares, donde se requiera de las especialidades artísticas, que tiene derecho y obligación de proteger. Muy por el contrario, los comités ejecutivos encargados de la administración de este gremio, han hecho que los actores, en su faceta de trabajadores, se conviertan en pasivos espectadores y, más riesgoso aun, en modernos esclavos de la era digital.
Tradicionalmente, y por deformación profesional, los actores que han integrado la ANDA, no nombran dirigentes que aporten ideas, visión de futuro, o por lo menos conserven la coerción sindical. Los actores no nombramos líderes, nombramos elencos. Ese es y ha sido el principio de nuestra desgracia. Una desgracia que no se reduce a la existencia del organismo sindical, o al diario vivir de los histriones, sino que amenaza a la existencia de la propia carrera artística.

Debido a lo anterior, los “famosos”, neófitos en lucha social, y haciendo valer eso de que “los artistas pertenecen a la clase social que los protege”, quienes se ostentan como sus dirigentes oficiales, ven en los contratantes a un aliado o posible “padrino” de su propia carrera, y no como la contraparte natural. Es decir, descargan de la responsabilidad patronal a las empresas, a cambio de oportunidades de trabajo para sí mismos, delegando su carácter de líderes y asumiendo el papel de “estrellas del momento”.
Tal es el caso del actual secretario general de la ANDA, Marco Treviño, quien, de ser un gris actor de “media tabla”, ha pasado a ser un gris actor estelar. Sin embargo, en su mandato se resumen todos los vicios resultado del analfabetismo sindical del gremio.
Por supuesto, la falta de proyecto e incapacidad para ejercer liderazgo y encabezar una defensa eficaz de los derechos de sus representados, han hecho del presente periodo y el que precede, del cual también fue parte el periodo más obscuro y gris, pero al mismo tiempo marcado por la desgracia desde su inicio, no en tono figurativo, sino totalmente real, con el aparente suicidio de una actriz de edad adulta en las instalaciones de la ANDA, víctima de la desesperación por la incapacidad o apatía de su sindicato, de atender suficiente y eficazmente su enfermedad y condiciones de vida en su retiro. Ésta, lamentablemente, es una historia más de hambre, enfermedad y muerte a la que muchos actores, no sólo adultos mayores, enfrentamos en esta carrera de artistas, cuya finalidad es entretener y divertir.
Por esto, y mucho más, esta columna se llama “A ver, llora”: la vida de los actores desde la entraña, y las consecuencias trágicas por no defender el derecho a la participación democrática de todos los trabajadores en sus sindicatos.
La Ley Federal de Trabajo vigente, plantea retos inéditos para los trabajadores, uno de ellos convertirse en auténticos dueños de su destino colectivo, responsabilizándose en todo momento de la defensa de su fuerza de trabajo de manera organizada y determinada, y no delegar en manos “de los de arriba” el futuro propio y de sus familias. Tercera llamada, tercera… comenzamos.






