“El Fiscal de Hierro”, fin de una leyenda

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Javier Coello Trejo murió a los 77 años de edad

Como jefe antidrogas de la PGR, en 1989 detuvo a “El capo de capos”, Miguel Ángel Félix Gallardo, quien aún continúa en la cárcel.

Por: José Luis García Cabrera

El domingo 24 de mayo murió el abogado Javier Coello Trejo a los 77 años de edad. Como agente del Ministerio Público federal para “Asuntos Especiales” de la PGR, en gobierno del presidente José López Portillo, a pulso se ganó el mote “El Fiscal de Hierro”; como subprocurador general de la República y jefe antidrogas, en el sexenio de Carlos Salinas de Gortari, detuvo a “El capo de capos” Miguel Ángel Félix Gallardo, quien continúa aun en la cárcel.

Como reportero del ya desaparecido diario capitalino El Rotativo, dirigido por Don Luis. C. Márquez, de cerca seguí su trabajo que realizaba en 1979; cercanía que con los años se convirtió en amistad, más cuando la administración del presidente Miguel de la Madrid (1982-1988) lo “congeló”, por cuestiones políticas. Hasta que Salinas de Gortari lo nombró subprocurador y jefe antidrogas. Para entonces yo laboraba en El Universal.

En Nueva York, en 2012, la Editorial Palibrio publicó el libro de mi autoría “1920-2000 ¡El Pastel!”, en el cual le dedico varios capítulos, en un intento periodístico de retratar a “El Fiscal de Hierro”. Para los lectores de Proyecto Vanguardia, reproduzco a continuación extractos del capítulo “Coello y Miguel Ángel; ciudad de México, 1989”, que aparece en la Cuarta Parte del texto.


Coello y Miguel Ángel; ciudad de México, 1989

En la sala, de pie hablaban ocho funcionarios de la PGR encabezados por el subprocurador general de la República, Javier Coello Trejo. El llamado Fiscal de Hierro era alto, de más de cien kilos y expresión amenazante, y todo en él indicaba que había nacido para intimidar. La charla se suspendió con la llegada de un agente federal que llevaba esposado a Miguel Ángel Félix Gallardo, detenido unas horas antes, por la mañana. Apenas llegó, tímidamente le informó:

–Aquí está, señor; se niega a hablar.

Coello, con un gesto de exasperación dirigió una fría mirada al detenido. ¿Es que no podían sacar una declaración a aquel hombre que esposado de las manos no representaba ya ningún peligro? Sería mucho mejor que él lo hiciera.

–Usted ya chingó a su madre, don Miguel –dijo, amenazante, el subprocurador. Su voz era seca cuando agregó: –Ya está en mis manos, cante todo su rollo por la buena o se lo saco a chingadazos.

Miguel Ángel permaneció callado. Tenía motivos poderosos. No sólo era el mayor traficante de cocaína en México, sino uno de los más grandes en el hemisferio occidental, tanto o más poderoso que los mismos colombianos: embarcaba un promedio de dos toneladas del alcaloide al mes, y tenía el potencial para reestructurar toda la industria mexicana del narcotráfico. Era el hombre que por más de dos décadas había sobornado a los más altos e influyentes funcionarios públicos de los tres niveles del Gobierno mexicano, incluyendo a sus captores, y a los de la Defensa Nacional; sabía que si revelaba sus identidades era un hombre muerto. Coello no lo ignoraba, aun así, insistió en el mismo tono:

–A quiénes soborna, con quiénes trabaja, cantidades de dinero, dígame todo o se va a arrepentir; al final me lo dirá.

–No tengo nada que decir, confórmese con que ya me tiene aquí –finalmente habló Félix Gallardo, sin asomo de cordialidad.

Su delgado rostro adquirió una expresión retadora, al agregar:

–Qué quiere que diga, tengo años sin ver a nadie, pocas veces veo a mi familia. No he cometido ningún delito, y si me prueban algo, aquí estoy, pagaré con cárcel.

Los siete funcionarios de la PGR que en silencio seguían la escena, se miraron uno al otro cuando el narcotraficante, en tono sincero y sereno, continuó:

–Si usted me hubiera llamado, yo me hubiera presentado.

–No le agarramos nada, pero me lo voy a chingar –dijo irritado Coello Trejo, para luego ordenar que lo sacaran de la sala y regresaran a los separos.


No bien es sacado de la sala y regresado a los separos, Miguel Ángel se interroga: “¿Qué es lo que realmente puede mantenerme aquí? Piensa en ti, nada más que en ti, y en la forma de salir de este pinche lugar, que puede volver loco a cualquiera”. Se desanima y luego de reanima; golpea uno de los muros con el puño y se hace daño. Entonces sabe que aún está vivo y debe luchar. Impresionado por su lucidez, comienza a dar vueltas como fiera enjaulada. Tiene la sensación de estar abandonado por todos y de encontrarse literalmente enterrado en vida.

Abren la puerta. Cinco agentes federales aparecen.

–Padrino, perdónenos, sólo cumplimos órdenes –dice uno de los recién llegados.

En cuestión de segundos, es aporreado y atacado a puñetazos por los agentes federales. Era sólo el principio, para ablandarlo. Porque aquí, todos, “o se doblan o se rompen” –decían los golpeadores.

Después, durante cuatro días, bajo torturas fue “interrogado” con toques eléctricos en las partes nobles del cuerpo; haciéndole jalar por la nariz tehuacán con chile piquín, hasta casi provocarle la asfixia. Cuando el intenso dolor le hacía desmayar, se le revivía con cubetazos de agua helada. Otras veces, se le obligaba a permanecer de pie durante horas, sin moverse, con las manos atrás.

–Con quién trabaja, a quiénes soborna, cantidades de dinero, todo… –era la pregunta constante de los torturadores.

–Ya les dije, yo no sé nada; ustedes lo saben –era su respuesta.

Furioso con la respuesta, el torturador en turno gritaba a sus incansables compinches:

–¡Sáquenle la verdad a este cabrón!

Presentes en las sesiones de tortura estuvieron cuando menos media docena de comandantes de la PJF, todos conocidos de Miguel Ángel, todo en su nómina de pagos, entre ellos Miguel G. Rodríguez Lorrabaquio, Luis Soto Silva, Manuel Pozos, Luis Manuel Palafox, Muñoz Leyva, Martínez Salgado.

Los pocos minutos que sus secuestradores tardaban en subirlo a las oficinas, para que firmara las declaraciones elaboradas por los agentes del Ministerio Público federal o los mismos agentes policiacos, eran para Miguel Ángel un descanso. Pero él se negaba a firmarlas porque, decía, “son puras mentiras”.

Cierto día, tras de torturarlo, el comandante Rodríguez Lorrabaquio le confesó:

–Mira, yo soy amigo, lo de Camarena nos lo ordenó Florentino Ventura, pero eso no te perjudica, es paja, amacízate, te van a investigar otros comandantes.

Después de estas escenas que se registraron por varios días, horas antes de ser presentado ante los reporteros, Coello lo visitó en su celda de los separos, donde maltrecho y con las claras muestras de la tortura reposaba en su catre.

–Dese una arregladita y póngase esta chamarra, porque lo voy a llevar conmigo ante la prensa –le dijo muy serio.

Sin saber de qué se trataba, Miguel Ángel no dijo nada. En el fregadero de la celda se lavó la cara y arregló un poco el pelo; se puso la chamarra entregada por el subprocurador y se dejó conducir a uno de los auditorios de la PGR, al que habían sido convocados cientos de periodistas, fotógrafos y camarógrafos nacionales y extranjeros. Las imágenes que los fotógrafos y camarógrafos allí tomaron de Miguel Ángel, poco más tarde recorrerían el mundo.


Esa noche, mientras Miguel Ángel se masajea los hinchados y adoloridos pies a causa de las golpizas y por permanecer durante horas parado, un agente federal le obliga a acompañarlo. Coello Trejo quiere hablar con él, en su oficina.

–Mire, están aquí unos agentes de la DEA, quieren hablar con usted, hacerle unas preguntas –le dijo Coello Trejo, apenas le vio entrar a su oficina–. Allá lo espero, ¿de acuerdo?

Instantes después, arrastrando los pies por el dolor, Miguel Ángel fue llevado a otra oficina donde le esperaban Coello Trejo, algunos comandantes de la PJF y varios agentes de la DEA, entre ellos el director de la agencia antinarcóticos en México, Edward Heath. Todos le miraron y le vieron cojear cuando entró. Como en cualquier reunión social sucede, Coello Trejo le presentó a los estadounidenses, quienes le saludaron y pidieron que tomara asiento, querían platicar con él. –No, señores, yo no tuve nada que ver en el caso Camarena –contestó a pregunta expresa de los estadounidenses–. Alguna vez ustedes dijeron que la muerte de su agente era obra de un loco y yo, señores, no estoy loco; lamento profundamente la pérdida de Camarena –agregó, ante la sorpresa del jefe de la DEA, Heath, que no esperaba la contundente respuesta.

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