Sinaloa, con la maldición del narcotráfico

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De apacible vida rural a ruptura social de la que no ha salido.

Con el consentimiento del presidente Ávila Camacho y el financiamiento de Washington, se sembró la amapola para cubrir la demanda de opio de EU.

Por: José Luis García Cabrera

Gracias a las grandes obras hidráulicas construidas a partir de la década de los 40s, y a un sostenido crecimiento demográfico, Sinaloa empezó a ponerse a tono, para bien o para mal, con la modernidad nacional. Fueron los años de las presas Sanalona, Miguel Hidalgo y Adolfo López Mateos; del descubrimiento de su riqueza litoral, de la industria pesquera y naviera; del despegue agrícola y la consolidación de sus organizaciones; de los bancos Agrícola de Sinaloa, del Noroeste de México y el Provincial de Sinaloa. Fueron los años en que la entidad pasó de poco menos de medio millón de habitantes, a casi 840 mil en 1960.

Paralelamente, también fueron los años en los que la sociedad sinaloense sufrió una severa desagregación normativa y moral, que la convirtió en una sociedad débil o carente de normas y valores, de la que, ocho décadas después, no ha salido por completo.

Es decir: no bien repuesta la entidad de las tempestades demográficas y económicas de esos años, con sus sabidas connotaciones colectivas, sobre Sinaloa cayó la maldición del narcotráfico.

A la inusitada explosión demográfica, la migración del campo a la ciudad, la explosiva demanda de satisfactores básicos y secundarios, y la insuficiente capacidad de respuesta gubernamental para atender esta expectativa desbordada, se sumaron el narcotráfico y sus consecuencias sociales que, entre otros hechos, modificaron la fisonomía citadina que crearon una mezcla de distintas tradiciones, doctrinas o creencias, propiciando el surgimiento de otras conductas que hicieron a un lado el bucolismo parroquial y provinciano.

De pronto los sinaloenses, al verse ante un espejo vieron una imagen extraña, ajena a aquella en que se reconocieron tantas mañanas campiranas.

¿Cómo se originó este fenómeno? ¿De dónde y cómo llegó para anidarse en la serranía sinaloense y luego desplegarse por otros estados de la República mexicana? Con los emigrantes chinos, a principios de siglo veinte, llegó la semilla de amapola. La sembraron en sus huertos y el producto, el opio, lo utilizaban a su uso personal, para satisfacer un vicio muy arraigado que se transmitía de padres a hijos allá en China, su patria lejana.

Así se introduce en Sinaloa el cultivo de la amapola y el consumo y el tráfico de opio. Los emigrantes chinos llegaron en grupos numerosos y arribaron a Sonora y Sinaloa, huyendo de la explotación a la que eran sometidos en las minas de cobre de Santa Rosalía, Baja California Sur, adonde fueron llevados en 1885 por la empresa francesa Compagnie du Boleo.

En México, el control del opio, la morfina y la mariguana, comenzó durante la presidencia de Elías Calles, quien en 1926 prohibió el cultivo y comercialización de mariguana y adormidera. En 1927 se desataron campañas contra los ciudadanos chinos asentados en el país. Acusados de ser opiómanos, la mayoría fueron expulsados del territorio nacional; los que permanecieron se recluyeron en los intrincados terrenos de la sierra, donde su adicción al opio se recrudeció.

Durante la Segunda Guerra Mundial, con el consentimiento del presidente Manuel Ávila Camacho y el financiamiento del gobierno de Franklin D. Roosevelt, el cultivo de la amapola se hizo ya con fines de comercialización, por la demanda cada vez más fuerte del opio en los hospitales militares de la Unión Americana. Es entonces cuando algunos chinos comenzaron a asesorar a campesinos pobres para la explotación de la amapola a gran nivel.

Así, la amapola se convirtió en el recurso más socorrido de quienes, flagelados por miserias ancestrales o financiados por aventureros ávidos de fortuna rápida (entre ellos los miembros de la Mafia italoamericana), quisieron enriquecerse de la noche a la mañana con el dinero proveniente de las drogas. El cultivo generó una bonanza en la región. Los campesinos de la sierra y sus intermediarios nunca habían visto tanto dinero junto.

Sin embargo, al terminar la guerra los dos gobiernos acordaron ponerle fin al cultivo. Se les dijo a esos campesinos que volvieran a sembrar el frijol y el maíz. Pero después de haber probado las mieles de la amapola, ¿quién volvería a hacerlo? Menos cuando llegaron los italoamericanos de la Mafia dispuestos a financiar el cultivo. De esta manera, en la década 1940-1950, se inicia el cultivo de la amapola en Sinaloa, destacadamente en el municipio de Badiraguato, para abastecer de heroína a los Estados Unidos.

El combate a cultivos prohibidos y al tráfico de drogas comenzó de inmediato. Pero también, simultáneamente, la corrupción y la sistemática violación de los derechos humanos. Si bien la ilícita actividad empezó a ser combatida los mismos jefes de estas campañas, venidos de la Ciudad de México, fomentaron tales actividades fijando un tributo a los campesinos, primero en especie, y luego en efectivo.

Así comenzó la leyenda negra de Sinaloa. Entidad a la que llegó como gobernador Leopoldo Sánchez Celis, el político que un año antes como candidato del PRI a la gubernatura, en Badiraguato, prometió acciones contra los sembradores de adormidera. Pero durante su sexenio (1963-1968), el estado ocupó el primer lugar en el cultivo de mariguana y la adormidera; el número de adictos y de traficantes creció de manera exponencial, lo mismo que los asesinatos de policías judiciales de alto rango.

Con Sánchez Celis, Sinaloa dejó de ser lugar de siembra y se convirtió en una entidad exportadora, de distribución, consumo y trasiego de drogas hacia los Estados Unidos, lo que trajo como consecuencia notable violencia y cambios en la mentalidad y las costumbres de los sinaloenses, en especial la población juvenil. Peor aún: dio paso a una nueva generación de narcos que de inmediato impuso su propia ley.


Primer gobernador de Sinaloa asesinado por narco

El coronel Rodolfo Tostado Loaiza

Fue el punto más alto de la violencia que se vivía en la entidad. Pero cuando se supo que murió por proteger a traficantes, el deseo de justicia decreció … (sumario)

Rodolfo Valdez Valdez, “El Gitano”, conocía todo cuanto debía saber del sinaloense Rodolfo Tostado Loaiza: alegre, enamoradizo y fiestero; inició su carrera militar en 1913 y en Ciudad Victoria alcanzó el grado de teniente coronel; subjefe y luego jefe del Estado Mayor Presidencial, con grado de coronel. Había sido dos veces diputado federal y senador de la República, y desde el 31 de diciembre de 1940, gobernador de Sinaloa.

Ahora, la madrugada del lunes 21 de febrero de 1944, estaba ahí, en el Patio Andaluz del Hotel Belmar en Mazatlán, a unos cuantos pasos del mandatario, y, confundido con la gente que abarrotaba el lugar, esperaba la oportunidad de acercársele y matarlo.

Fue el general Pablo Macías Valenzuela quien le transmitió que el trabajo debía realizarse la noche de la coronación de la reina del carnaval, a la vista de todo mundo. “El Gitano” aceptó con agrado, pues eso le daría mayor popularidad y armaría ruido no sólo en Sinaloa, sino en todo el país.

No le importaba causar daño con tal de conseguir sus propósitos; cuando cometía un delito no sentía remordimientos ni culpa alguna; le interesaba sólo su persona; era extrovertido, con delirios de grandeza y carácter impulsivo y violento. Mentía con facilidad y difícilmente se le veía llorar, porque no podía procesar sentimientos.

Vestía pantalones de vaquero, botas altas, camisas holgadas y desabotonadas en el pecho, sombrero vaquero y gafas para el sol; sus labios los cubría con un denso bigote oscuro, como su crespo y crecido cabello que además del sombrero lo cubría con un paliacate que en ocasiones llevaba encima de los hombros, para limpiarse el sudor y el polvo. Le decían “El Gitano” por su postura desfachada y los colgajos que lucía en el cuello y mangas, adquiridos de los indígenas tepehuanos y huicholes, del sur de Sinaloa.

En los días del carnaval, el Hotel Belmar era el lugar preferido de los hombres de negocios, políticos, turistas, y prestigiados artistas de Hollywood, que gustaban de la abundante pesca del puerto. Aquella noche, en la que poco antes se había coronado a la reina Lucila Medrano, la gente abarrotaba el patio del famoso hotel, donde se celebraba el baile del popular y concurrido evento.

Confundido entre las muchas parejas que alegremente bailaban al son de una Banda mazatleca, “El Gitano” suspiró profundo cuando observó que los acompañantes y guardaespaldas del gobernador le dejaban solo, para que pudiera hablar con la reina de los Juegos Florales. Estaba tan cerca del mandatario, que pudo oír como la hermosa chica, riendo, le decía:

–¡Cómo cree, señor gobernador! Ni lo piense. No quiero terminar en la boca de todo Sinaloa, como las otras muchachas.

Casi terminaba la bella melodía, sin soltar a su joven pareja ni dejar de bailar, “El Gitano” se acercó, quedando a espaldas de Loaiza. Perfecto. La espera había terminado. De los guardaespaldas se había ocupado la gente del general Macías. No se acercarían hasta que él hubiera completado el trabajo, y aún entonces lo harían tardíamente. Desenfundó su pistola que llevaba bajo el grueso cinturón de piel, y le metió un certero balazo en la nuca.

Tras el estruendo de la detonación, los guardaespaldas desenfundaron sus armas y corrieron hasta el gobernador. Ya era tarde. Loaiza yacía boca abajo con un agujero de bala en la cabeza. El homicida había huido, a la vista de todos, sin que nadie hubiera intentado detenerlo.

La muerte del gobernador Loaiza fue un tremendo golpe para la sociedad sinaloense, porque fue el punto más alto de la violencia que se vivía en la entidad en esos años. Pero cuando se supo que había sido muerto por proteger a los traficantes que trabajaban para la mafia italoamericana, y atacaba a los rivales de éstos, el deseo de justicia de la ciudadanía decreció notablemente.

Rodolfo Valdez Valdez, gatillero y antiguo integrante de las guardias blancas del sur de Sinaloa, pasaría a la historia como el primer sicario de la entidad. Luego de huir fue capturado y encarcelado en Mazatlán y la Ciudad de México; tras de hablar en privado con el ex presidente Cárdenas, para entonces ya secretario de la Defensa, volvería a Sinaloa y finalmente sería liberado.

Aunque la autoría intelectual del crimen nunca fue oficialmente establecida, se les atribuyó al gobierno de Manuel Ávila Camacho y al general Pablo Macías Valenzuela, principal opositor político de Loaiza en Sinaloa quien, en julio del mismo año del asesinato, fue elegido para gobernar la entidad de 1945 a 1950. “Fue un crimen de Estado”, señalan varios autores en sus respectivas obras literarias, “planeado por el Presidente de la República”.

Lo real es que en la década de los 40s todo mundo sabía que se sembraba mariguana y amapola en Sinaloa, quiénes las sembraban y quiénes las traficaban. Los sinaloenses sabían que en el negocio estaban familias enteras de Badiraguato, Culiacán, Guamúchil y Mocorito, algunas conocidas, bien relacionadas y con posibilidades económicas porque el negocio hacía ricos de la noche a la mañana (JLGC).


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