Calderón, el hombre que se atrevió

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Enfrentó al crimen organizado, en particular al de las drogas.

El del ex presidente es un caso que debe interesar a la sociedad mexicana entera, por lo que hoy sucede a lo largo de todo el país.

Por: J. Cruz García Espinosa

“Soy un todoterreno”, aseguraba Felipe Calderón Hinojosa en campaña por la Presidencia tras de su “destape”. Siendo secretario de Energía de Vicente Fox Quesada el 28 de mayo de 2004, en alusión a los vehículos creados para sortear todo tipo de obstáculos; políticas, en su caso, pues no era el candidato de Fox.

Luego de su triunfo electoral, llenos de situaciones difíciles a las que se sobrepuso, hizo lo que ninguno otro Presidente tuvo el valor de hacer: enfrentar al crimen organizado, en particular al de las drogas, heredado por sus antecesores.

Si aún hay divergencias en la percepción de cómo enfrentar a los cárteles de la droga, una sola coincidencia es generalizada: con valentía, coraje o la fuerza de voluntad que sus antecesores no mostraron. Y luego por miedo, incapacidad, complicidad u omisión de quienes le sucedieron en la Presidencia de la república.

El del ex presidente Calderón es un caso que debe interesar a la sociedad mexicana entera, por lo que está sucediendo a lo largo de todo el país.

Sin embargo, aún hay quienes se niegan a aceptar que la voluntad política es la única opción que se tiene frente al creciente poder de la delincuencia organizada, que cada día controla más regiones del país, como consecuencia, primero, de la criminal política impuesta de “abrazos y no balazos”, y ahora la protección que se les brinda a los narco-políticos. Los resultados están a la vista y rayan en lo peligroso.

Es una tragedia heredada, cierto, pero la situación se agrava cada vez más con la defensa del gobernador de Sinaloa con licencia, Rubén Rocha Moya y demás cómplices de la entidad, señalados de estar asociados con los narcos.

Qué se puede decir de Morena (movimiento político –creado por López Obrador en 2011– al que pertenece Rocha Moya– que generó una nueva casta de corruptos, a quienes el poder Ejecutivo, en lugar de meterlos a la cárcel, se dice ignorante de sus tropelías, abusos y sus desplantes de nuevos millonarios.

¿Llegará el momento en que todo esto pare? A como están las cosas, se ignora.


Aplicación de la ley, el sello de su Presidencia

Cuando Calderón asumió el poder, muchos observadores aseguraban que continuaría la errática política de sus antecesores. No sólo no lo hizo, sino que sacó al Ejército de los cuarteles, y empezó un duro y sistemático ataque contra los jefes de la droga hasta el último día de su mandato, con un saldo de 121 mil 613 muertos, según datos del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi).

Apenas tomó el poder, rompió los lazos de los tres órdenes de gobierno con el crimen organizado. Envió emisarios a los capos para transmitir su decisión. Como todo mundo, sabía de las ilícitas relaciones del gobierno con esos mafiosos y demás delincuentes que operan en territorio mexicano. Auténticas cargas que provocaban parte de los males que aquejan al país.

Su primera iniciativa de lo que sería toda una serie de cambios llegó una semana después de haber asumido el poder, en diciembre de 2006, cuando decidió sacar de los cuarteles al Ejército para enfrentarlos. Lo hizo porque sabía que las policías no eran de fiar, y porque el crimen organizado se había apoderado de Michoacán, su tierra natal.

“(…) La inseguridad pública amenaza a todos y se ha convertido en el principal problema de estados, ciudades y regiones enteras. Una de las tres prioridades que voy a encabezar es, precisamente, la lucha por recuperar la seguridad pública y la legalidad; las instituciones responsables de la seguridad pública requieren transformaciones profundas para incrementar sustancialmente su eficacia”, diría después de la toma de protesta en el Congreso de la Unión el 1 de diciembre de 2006, una de las más tensas y caóticas de la historia reciente de México. Duró menos de cinco minutos y concluyó con su salida apresurada para evitar mayores desmanes.

Ya en su mensaje a la nación, en el Auditorio Nacional, insistió:

“Ténganlo por seguro, ésta es una batalla en la que yo estaré al frente, es una batalla que tenemos que librar y que unidos los mexicanos vamos a ganar a la delincuencia (…) Pongamos fin a la impunidad de los delincuentes que amenazan nuestras vidas y familias, a la impunidad de los políticos que violentan la ley en su beneficio, a la impunidad de quienes abusan de una sociedad inerme cualquiera que sea su posición de privilegio político, económico y social”.


Involucrar al Ejército en la lucha contra el crimen organizado y mantenerlo hasta el final de su mandato, cambiaron la esencia de las estructuras de la política en México.

Con esa decisión, pretendía poner fin a la crisis económica del país. La seguridad en las calles mexicanas supondría una ampliación del comercio, un aumento de ingresos gracias al petróleo, y un constante crecimiento de las reservas gracias a la mejor explotación de los mantos petrolíferos.

Durante una mesa de trabajo convocada en 2010 en lo que se denominó “Diálogo por la Seguridad. Hacia una Política de Estado”, para evaluar su estrategia que algunos observadores la calificaron de “irresponsable” e incluso pedían que los militares dejaran de patrullar las calles, la ciudadanía objetó de inmediato.

–Preferimos tratar con ellos que con los policías. Los policías son corruptos y tienen acuerdos con el crimen organizado. Ya estamos cansados de tanta violencia; Calderón está luchando para combatirla, como ningún otro Presidente lo hizo.

En ese mismo año, cuando alguien agradeció su valentía de combatir al crimen organizado después de que sus antecesores no se atrevieron a hacerlo, respondió:

–¿Valentía? Combatir a lo que amenaza la paz, la tranquilidad y el bienestar de los mexicanos no es cuestión de valentía. Hago solamente lo que se tiene que hacer.

A catorce años de haber dejado el poder, Calderón conserva la dignidad propia de un ex Presidente, aunque le siguen cuestionando su decisión los líderes de un movimiento comprometido a subvertir toda su obra y que es señalado por el gobierno de Washington de ser “socio” del crimen organizado.

Quienes se quejan de los excesos del Ejército, no citan lo numerosos y peligrosos que eran (son) los narcos cuando decidió combatirlos. Es irónico que entre sus más enconados críticos se encuentren algunos políticos de Morena y sus partidos satélite, a muchos de los cuales el gobierno estadounidense los considera narco-políticos.

Calderón pudo haberse evitado muchos problemas, limitándose a hacer lo que sus antecesores hicieron al respecto: ¡nada! Pudo vivir con los ingresos propios de un Presidente. Pero prefirió enfrentarlo y convertir a México en una potencia económica y segura.

Contra la opinión generalizada, los ataques en su contra no son consecuencia de su supuesta indiferencia e insensibilidad por los “daños colaterales” de su lucha, sino “por haber pateado un avispero”.

O quizá porque depositó su confianza en un hombre como Genaro García Luna, hoy preso en una cárcel estadounidense por su complicidad con los narcos; quizá por no darle concesión a alguno de los mafiosos, para salvar a México de la violencia que lo sigue devorando; quizá porque no supo cuándo asestar el golpe definitivo en el momento más adecuado. Quizá… (JCGE).


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