¿Cuál es tu legado, dejas problemas o virtudes?
La muerte no toma en cuenta edades, sexo, nivel económico ni social
Por: Verónica Lucía Nava Rubio
Desde épocas atrás festejamos el Día de Muertos. Con alegría visitamos amigos y familiares donde hoy reposan; los recordamos y evocamos los momentos, experiencias y anécdotas que un día disfrutamos y juntos vivimos, aunque algunos no muy buenos; se reviven como si fueran un ayer.
Sin embargo, durante los años de vida llenos de actividades, expectativas, sueños y anhelos, y buscando la felicidad de los demás, no la tuya ni tus valores… y con problemas, no nos percatarnos de que el tiempo de nuestra existencia se va. Y cuando nos damos cuenta de ese “descuido”, al hablar del tema, el miedo nos invade, y se sólo recuerda cuando alguien fallece.
En ese momento, al finado se le recuerda como alguien que fue muy bueno e hizo obras buenas. Lo evocamos con placer y gratitud, la mayor parte de las veces.
La vida es muy corta, es como suspiro, un momento que se va y no regresa. Es un proceso natural para el cual nadie está preparado. Es una realidad que no se puede controlar y debemos así aceptarlo. La muerte no toma en cuenta edades, sexo, nivel económico ni social.
Cuando una emoción, como el enojo, te domina, no te deja ver lo que sucede en el momento, y sales de casa, de la oficina o de cualquier lugar disgustado y sin despedirte o sin decir un “te quiero”, “lo siento”, “discúlpame”, sin un beso, dejando inconclusa la conversación, causante del enojo, para otro momento. Muchas veces, sin embargo, esto ya no tiene solución porque no sabemos si nos volveremos a ver.
Desde niños nos inculcan que, en el Día de Muertos, vienen nuestros difuntos: familias, amigos y mascotas espirituales a visitarnos, y ese día lo festejamos. Pero nadie nos prepara para morir, y, salvo contadas excepciones, tampoco sobre el impacto psicológico, social, económico, político y legal que esto conlleva.
Aunque suene a cliché, lo mejor es dejar todo en orden y pagado. Lo mejor es hacer un testamento, en el que se acredite la última voluntad de la persona finada.
Ahora que todavía puedes hacerlo, pregúntate ¿cómo quieres ser recordado o recordada y cuál es el legado que dejas?
¿Dejas pensamientos éticos?, ¿viviste en el presente?, ¿aprovechaste bien tu tiempo?, ¿diste a conocer tus ideales y éstos fueron alcanzados?, ¿hablaste siempre con la verdad?, ¿no abusaste de tu autoridad?, ¿fuiste bondadoso/ bondadosa?, ¿fuiste prudente?, ¿cuáles fueron tus fortalezas y debilidades?, ¿fuiste honesto?, ¿aprovechaste las oportunidades de crecimiento?, ¿cultivaste y compartiste tu sabiduría?
Ahora bien, ¿encontraste el amor en ti mismo?, ¿te conociste realmente?
Se nos ha dicho que ésta es la mejor de nuestras vidas, nada más cierto. La vida es única: nacimos para aprender y equivocarnos, para crecer, superarnos; para corregir nuestros errores, para tener una palabra de aliento, una sonrisa a quien lo necesite; para ayudar y prestar un servicio, contribuir a alguna causa.
El legado que dejes va a servir a alguien más, como caja de herramientas de experiencia, de sueños, fortalezas, resiliencia, carácter, acciones, juicios. Le ayudará a vivir y adaptarse en este mundo cada vez es más complejo… y a la realidad.
No es fácil tener una vida plena, y una paz interna.
La vida es fugaz. Por ello, hay que vivirla al máximo; abrazarla con tu propio amor, aunque tengas muchos altibajos. Desarrolla tus virtudes y mira lo maravilloso y maravillosa que eres; busca tu propósito y dale el valor de avanzar y vivir.
No importa la edad que tengas, ahora que todavía vives, estás a tiempo de arreglar tus cosas, tus pendientes, de hablar lo deseado, de disfrutar y de conocerte. Al final agradecerás lo vivido, porque eres único/ única. La experiencia y el conocimiento son tuyos. No temas a tu destino, amalo. Si así lo haces, tampoco temerás cuando tengas que partir.






