El agente del Cisen y Mario Aburto

Según doña María Luisa, madre del homicida de Colosio

Por las tardes, iban al gimnasio, donde hacían pesas; otras veces practicaban el tiro al blanco en terrenos baldíos de Tijuana

Por: José Luis García Cabrera

Los Aburto estaban devastados, perplejos, angustiados. ¿Cómo que Mario, su Mario, era acusado de haber asesinado a Luis Donaldo Colosio?

–No lo creemos, si Mario es tan bueno –se repetían don Rubén Aburto y doña María Luisa Martínez, sus progenitores, cuando lo vieron por televisión ensangrentado, en medio de una multitud enardecida.

A partir de entonces, la familia entera (don Rubén, doña María Luisa y sus hijos: Rubén, Rafael, José Luis y Elizabeth) se desmoronó. Estaba dolida por el trance, pero no dudaba de la inocencia de Mario.

–Es chivo expiatorio –gritaba con voz atribulada don Rubén, cabeza de la familia que era centro de miradas, por el asesinato del candidato presidencial del PRI, y, acosada por la pobreza, en Los Ángeles, California, acudía a las iglesias de Long Beach por comida gratuita.

Esperaban justicia. Querían que se aclararan las cosas y quienes lo acusaban, además de aceptar que mentían, pagaran sus culpas. Sentían que en ese extraordinario suceso había algo muy raro, sin poder precisar en qué consistía.

¿Mario mató a Colosio?, era la pregunta que los atormentaba. No lo creían, pues era el mismo con quien su madre platicaba por las noches sobre cómo la pasaba en Tijuana; platicas que la mujer comentaba a don Rubén, su marido. No lo creían un asesino, si era el mismo que su padre, meses antes, había dejado en Tijuana al frente de su madre, de su pequeña hermana Elizabeth y de sus hermanos Rubén y José Luis, mientras que él y Rafael, su hijo mayor, se fueron a Los Ángeles a trabajar en una fábrica de muebles, en Carson.

Durante esas charlas, que buscaban desentrañar misterios y aclarar turbiedades, surgió el nombre de Jorge Sánchez Ortega, agente del Centro de Investigación y Seguridad Nacional (Cisen), con quien Mario tenía amistad. Fue doña María Luisa quien sacaba a colación al agente del Gobierno, al recordar que su hijo le comentó que había conocido a “una persona muy poderosa, que portaba pistola y viajaba seguido a la Ciudad de México”.

–A Mario le impresionó el tal Jorge Sánchez Ortega –reconocía en torno a la mesa de la sala de su casa, en la que los Aburto exponía sus observaciones sobre el comportamiento de Mario en los últimos días, en los que Rafael y Rubén aceptaban que lo habían notado “raro y huidizo”.

–Cuando hablaba por teléfono (público) no le importaba que yo escuchara lo que decía. Pero en sus últimas llamadas, antes de hablar me decía: “Hazte para allá”. No quería que oyera –comentaba Rubén.

Doña María Luisa recordaba que a menudo el agente del Cisen, por las tardes, iba por Mario para que lo acompañara al gimnasio ubicado cerca de la línea colindante con San Diego, donde hacían pesas; otras veces, para practicar el tiro al blanco en terrenos baldíos.

En esas charlas familiares –a las que asistían el reportero Francisco Mendoza (corresponsal de la cadena de radio ACIR, el diario Unomásuno y las revistas La Crisis y Huellas), y el luchador social Jorge Mancilla (director del Instituto de Neurobiología Molecular de la Universidad de California-Los Ángeles, UCLA) y uno de los más destacados líderes mexicanos en esa ciudad estadounidense–, los Aburto agregaron el nombre de Héctor Javier Hernández Thomassiny, otro agente del Cisen con quien también se reunían Mario y Sánchez Ortega.

El miércoles 23 de marzo de 1994, Mario, de veintidós años, salió de su casa, en la colonia Buenos Aires Norte, a las 5:30 de la mañana, para dirigirse a la empresa Gameros Magnéticos, en La Mesa, donde laboraba como mecánico y se le consideraba tranquilo y trabajador. Salió a las 14:30 de la tarde y se dirigió al centro de la ciudad. Compró una torta en una tienda de la calle Revolución. Mientras la comía, vio un folleto en el que se invitaba a los vecinos al mitin de Colosio.

–Fue cuando se le antojó ir, porque nunca antes había estado en uno y quería saber de qué se trataba –contaría don Rubén, su padre.

Llevaba en la cintura el revólver Taurus calibre .38, que compró dos días antes para venderlo entre sus amistades, pues “ya no lo necesitaba: le habían cambiado del turno nocturno al matutino. Durante el día, La Mesa no era un lugar tan inseguro como por las noches”. Horas más tarde, los noticieros de la radio y la televisión informaban que había sido aprehendido en Lomas Taurinas, tras de haber baleado al candidato presidencial del PRI. Por la noche, agentes de la Procuraduría General de la República fueron por doña María Luisa, para que lo identificara.

–¡Hijo mío!, ¿qué hiciste? –expresó con angustia, al joven que le presentaron sentado sobre una silla, con la vista gacha; vestía una chamarra manchada con sangre, y, en esos momentos, fumaba.

Al escuchar la voz de la afligida mujer, el detenido alzó la cabeza. Lo suficiente para que doña María Luisa se percatara de que no era su hijo, sino Sánchez Ortega.

–¡Ese no es mi hijo! –gritó al instante, con voz firme y sin temor alguno.

Calló unos instantes, al ver que el detenido (quien había resultado positivo a la prueba de la parafina, comprobándose que había disparado un arma de fuego) llevaba una chamarra negra muy similar a la de su hijo; tenía el pelo chino, era más bajo y su tez más morena. Tendría unos treinta años. Mario era de pelo lacio, más alto, y no fumaba.

Era tanto el parecido entre ambos, que, inicialmente, doña María Luisa se confundió. Confusión que se transformó en asombro cuando, poco después, en otra oficina de la PGR, creyó, de nueva cuenta, ver a su hijo, pero esta vez se trataba de Ernesto Rubio Mendoza, otro joven de facciones muy similares a las de Mario que trabajaba bajo las órdenes del agente Javier Loza Cruz, encargado de los primeros interrogatorios “formales” que se hacían a Mario. Loza Cruz era medio hermano del subdelegado de la Policía Judicial Federal en Tijuana.

La sangre se le habría helado, si hubiese siquiera imaginado que esa misma noche, al filo de las 21:30 horas, Rubio Mendoza sería asesinado a balazos en el taller mecánico “Autoservicio Azteca” de la colonia Azteca, en Tijuana. Homicidio del que al día siguiente darían cuenta todos los medios de comunicación locales, sin vincularlo al crimen de Colosio.

–Los dos se parecían mucho a Mario –referiría doña María Luisa al reportero Francisco Mendoza y al luchador social, Jorge Mancilla.

Los padres de Aburto grabaron en audio las conversaciones que tuvieron con su hijo en la cárcel por más de veinte años. En algunas grabaciones, Aburto asegura que el verdadero culpable era Rubio Mendoza. En otras, clama inocencia.

–Yo no maté a Colosio. Me decían que matarían a mi mamá, a mi hermanita y a mí, si no me hacía pasar por el verdadero responsable, a quien mataron ese mismo día que a Colosio, cuatro horas después.

En diversas entrevistas y conferencias de prensa en los muelles del puerto de Long Beach, los Aburto y Jorge Mancilla (a quien habían nombrado su representante legal para que pudiera visitar a Mario en el penal de Almoloya, estado de México; en seis ocasiones lo hizo) fijaban su posición y actualizaban la información. Asumían que Mario era “chivo expiatorio”, y manejaban la hipótesis de “varios Aburto” en la escena del crimen.

Cierto día, Mancilla recibió una secuencia de fotos enviadas anónimamente de una persona que aseguró haber asistido al mitin. En la sucesión de imágenes, se ve claramente el momento en el que Mario coloca su mano izquierda sobre el hombro de Colosio y le dispara a quemarropa. Para comentarle sobre esas imágenes (que poco después serían publicadas en la revista La Crisis), Mancilla visitó a Mario en el penal. A su regreso a Los Ángeles, los Aburto, enojados, le hicieron saber que dejaba de ser su representante legal.

Después de esto, Mancilla sufriría dos atentados. Temiendo por su vida, se fue a radicar a Europa. En tanto, el director del diario Unomasuno, Luis Gutiérrez, llamó al reportero Mendoza para comunicarle que, “debido a la inflación y al alza en el precio del papel”, la empresa ya no tenía recursos para pagar sus servicios. Lo despidió. La gerencia administrativa de radio Acir, por su parte, no le dio tantas vueltas al asunto. Simplemente le informó que no era ya posible tenerlo como su corresponsal.

A partir de entonces, los Aburto empezaron a negar que hubieran expresado relación alguna de Mario con Jorge Sánchez Ortega.

Con Mancilla fuera de escena, cuando Mario quería hablar con su padre lo hacía desde uno de los teléfonos públicos del penal. En una de esas llamadas, don Rubén, sin traslucir la decepción y el dolor que le embargaban, le comentó que había visto las fotos del momento en el que se produce el asesinato.

–¿Se ve quién le dispara? –preguntó Mario a su contrariado y resignado padre, con el sabor amargo de la saliva atragantado en la garganta.

Durante los meses siguientes al atentado se vertieron hipótesis, teorías y especulaciones en infinidad de artículos, crónicas y libros de periodistas, políticos y analistas, así como las versiones de los cuatro distintos fiscales: Miguel Montes (“acción concertada, complot”), Olga Islas (“asesino solitario”), Pablo Chapa Bezanilla (“acción compartida”) y Luis Raúl González Pérez (“asesino solitario”) que pasaban de lo inverosímil a lo fantástico y volvían a lo absurdo.

Al final, en una diligencia realizada y filmada en Almoloya el 16 de septiembre de 1994, Aburto (muy diferente al enmudecido Aburto interrogado en Tijuana) escenificó cómo sucedieron las cosas y llegó a la increíble conclusión: “Fue accidental”.

Según esa diligencia difundida por El Universal el 4 de agosto de 1995, al terminar el mitin, llevado por el tumulto, quedó muy cerca de Colosio. En ese momento sintió que le “calaba” la pistola que llevaba en la cintura.

(…), “entonces la saqué para meterla en la bolsa derecha de mi chamarra, para que no se cayera y no me siguiera calando. Por los apretones no pude hacerlo. Pensé ponérmela otra vez en la cintura. No lo logré, había codazos, manotazos y empujones… En eso sentí un golpe en la pantorrilla y se me empezó a doblar la pierna. Alcé la mano derecha para apoyarme en alguna persona, sin acordarme de que traía la pistola en la mano y fue cuando se activó, debido a la contracción de mis músculos, nervios, y al dolor tan fuerte…”

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