Traición desencadenada
Por: José Luis García Cabrera.

Tras la traición, su grupo juró desquite. Las balas perforan carne y huesos y la muerte pisa talones en todo el estado de Sinaloa.
Una operación de inteligencia planeada por el gobierno norteamericano, con testimonios de los hijos de El Chapo Guzmán, el 25 de julio de 2024 llevó al secuestro-captura de Ismael El Mayo Zambada y desató una ola de violencia entre “Los Chapitos” y los hijos de Ismael, conocidos como “Los Mayitos”, con cientos de asesinatos, secuestros y desapariciones. Desde entonces no pocos políticos, militares, policías, jueces y empresarios mexicanos están nerviosos, por su relación con el narcotráfico.
El grupo de Zambada juró desquite: las balas perforaron carne y huesos, y la muerte pisa talones en todo el estado de Sinaloa. Temiendo que la venganza de sus antiguos aliados no se apagara, Ovidio, hijo de El Chapo, negoció con el Departamento de Justicia norteamericano para que 17 de sus familiares (entre ellos su madre, Griselda López Pérez, y una hermana) cruzaran a pie y sin problemas la garita de San Ysidro (en Tijuana y San Diego), para el 9 de mayo de 2025 entregarse voluntariamente a agentes del FBI que ya les esperaban.
En la Primera Parte, del Capítulo 1: “Traición desencadenada” de la novela Narcos Viejos, de quien esto escribe y pronta aparición, se recuerdan los minutos que antecedieron al secuestro-captura de El Mayo. La obra no es nada inspiradora, pues saca lo peor del ser humano y retrata la terrible realidad que desde la década de los 40s ha vivido México por el narcotráfico, con la complicidad y la corrupción gubernamental que aun prevalen e, incluso, se han recrudecido en los últimos años. Lo siguiente es parte del citado Capítulo.

Capítulo 1: “Traición desencadenada” (Sinaloa; 25 de julio de 2024)
El Mayo Zambada durmió en una de sus casas de seguridad de Culiacán, a pocos minutos del lugar donde se reunirá con el gobernador Rubén Rocha Moya, su ahijado Joaquín Guzmán López, hijo de su compadre El Chapo, y el ex rector de la Universidad Autónoma de Sinaloa, Héctor Melesio Cuén Ojeda. Sabía lo que sus paisanos a su espalda decían sobre su gusto-costumbre de vivir en las montañas. Sin embargo, sus amigos y familiares no bromeaban al respecto. Para la gente acostumbrada a ganarse la vida con el tráfico de drogas, en cambio, su oficio y modo de vida eran dignos de respeto.
Antes de desayunar, se tomó las tabletas recetadas para calmar las dolencias por la fractura del hueso femoral, que días antes había sufrido al resbalar y caer; y las de la diabetes y leucemia, que padecía desde hacía años. Ahora vivía casi solo. Su hijo, Vicente Zambada Niebla, El Vicentillo, radicaba en la Unión Americana tras de cumplir una sentencia de doce años de cárcel, al declararse culpable de narcotráfico.
Mientras desayunaba, se preguntó qué tanto los gringos lo respetaban. Llegó a la conclusión de que admiraban su trabajo, pero no lo entendían. No entendían, concretamente, que la parte técnica fuera lo menos importante de sus operaciones. Los gringos, como los políticos mexicanos, creían que su trabajo consistía en sólo darle al narcotráfico un aspecto lo más seguro posible. Sin embargo, lo más importante era su palabra. Cuando se cerraban los negocios, para certificar que todo estaba en orden, era indispensable que él lo confirmara. Su palabra de hombre de honor era legendaria.

Era un perfecto hombre de negocios. Con su voz enérgica y segura, presidía las reuniones de trabajo. Acallaba las manifestaciones demasiado ruidosas o que no venían al caso. Sus órdenes y expresiones eran siempre como debían ser: ni frías, ni exageradas. Tenía por norma, no abandonar a sus clientes y socios en las horas más complicadas.
Por lo regular, después de desayunar se daba un ligero reposo. Luego se bañaba, lavaba los dientes, rasuraba y despuntaba el espeso bigote. Al final, invariablemente, se ponía una camisa de manga larga, pantalón vaquero y –últimamente–, una gorra. De vez en vez se teñía el pelo y el bigote, pero no por vanidad ni para verse más joven, sino porque consideraba que sus pelos blancos y negros no estaban a tono con su jerarquía en una organización como la de Sinaloa. Desde que le detectaron la diabetes y, más recientemente, la leucemia, poco comía y había bajado de peso.
Acabado el desayuno, mientras tomaba una taza de café, pensó en su hijo El Vicentillo, de 49 años. Molesto recordó cómo apenas dejó la niñez lo metió al ambiente criminal para, llegado el momento, tomara el control de su grupo. Desde esa temprana edad, lo llevó a las reuniones que sostenía con sus socios, con los políticos, los militares y los policías que sobornaba. Conforme los años pasaron, lo convirtió en su principal operador: supervisaba los envíos de Colombia a México, y de México al territorio norteamericano. De manera que nadie sabía más sobre la estructura, administración y operación del cártel que su primogénito.

Pero El Vicentillo, pensó, ya no era el mismo. La prisión lo había cambiado. Tres años atrás, en 2021, después de doce años de cárcel recobró su libertad, pero con la etiqueta de “traidor”, desde que se supo que, para disminuir su sentencia, acordó dar información sobre propio su padre y El Chapo. Sí, la prisión lo había convertido en un hombre nuevo.
No bien hubo terminado su café, sonó su celular. Al contestar la llamada, dijo con ruda cortesía:
–¡Dígame!
La voz del otro extremo era de angustia, suplica y no exenta de respeto.
–Don Ismael, soy Héctor Melesio. Disculpe mi atrevimiento…
Sintió una punzada en el estómago. Hacía tiempo que Melesio, de 69 años, era su protegido: en 2005 lo apoyó para que fuera rector de la Universidad de Sinaloa, y, en 2010, para que llegara como alcalde de Culiacán. Pero Melesio era muy ambicioso. En 2016 pidió lo hiciera gobernador; petición que le negó, porque el puesto ya lo había prometido al panista Mario López Valdez. Como consolación, le permitió crear el Partido Sinaloense (PAS) para que siguiera manejando la Universidad, como su coto de poder e influencia.
–…, estoy enterado de que se reunirá usted con el gobernador –dijo Melesio.
–Así es –contestó bruscamente.
A Melesio le aterrorizó la frialdad de su poderoso amigo. Se había mostrado siempre como un hombre cortés. ¿Por qué ahora parecía tan brusco con él? Quizá el gobernador lo había ya predispuesto en su contra. Aun así, se animó a continuar:
–Rocha le pedirá ayuda, y de paso tratará de enemistarme con usted… Con todo respeto, señor, le pido me permita estar presente, para aclarar todo frente a usted. Pero, si no es posible, por favor dígamelo y no insistiré.
Había hecho todo para ayudarlo, pero su pleito con el gobernador Rocha comenzaba a afectar a su organización. Rocha, desde finales de 2020, estaba también en deuda con él. Concretamente desde que, como candidato de Morena, se trasladó a las montañas para verlo, para solicitarle su visto bueno y asegurarse la gubernatura. Se reunieron a principios de enero de 2021. Luego de esa reunión, ordenó que grupos armados obligaran a sus paisanos a votar por Rocha. Por miedo a lo peor, ningún sinaloense se atrevió a denunciar las amenazas de los pistoleros. Sí, Rocha le debía un favor que pronto debió pagarle.

A Rocha y Cuén, naturalmente, El Mayo los conocía bien. Los consideraba un par de ambiciosos, que sólo ansiaban dinero y poder. Lo que bien aprovechaba él en beneficio de su grupo. Gracias al impulso que les había dado en la política de Sinaloa, le facilitó colocarlos en lugares clave para el cártel: la Universidad, el Congreso local, el Senado de la República y la gubernatura del estado. Ahora que Cuén se sentía al borde del desastre, Zambada detectó que su voz temblaba. A pesar de ello, con voz áspera y dura le contestó:
–Sí, comprendo. Le sigo escuchando.
–Rocha, no deja de molestar y ponerme en mal con el señor Presidente. Seguro a usted lo escuchará.
–¿Cómo puede usted pensar que yo pueda negarle algo? –dijo El Mayo pacientemente–. Puede usted estar presente, desde luego, tranquilícese. Los dos hablaremos con el gobernador.
La voz del ex rector de la Universidad Autónoma de Sinaloa y diputado federal electo, por la coalición PAN, PRD y MC, era ahora más tranquila.
–Gracias, muchas gracias don Ismael –repuso–. Jamás, ¡Dios me guarde!, he dudado de su amistad, y haré siempre, siempre cualquier cosa que usted me pida.
–Amigo Melesio, usted sabe que siempre podrá acudir a mí –dijo y seguidamente colgó.
Fue a ducharse, se lavó los dientes, pero no se rasuró ni despuntó el espeso bigote. Tampoco se puso una camisa de manga larga, sino una playera azul de manga corta, que fajó en un pantalón vaquero. Telefoneó a Rodolfo Chaidez, y le preguntó si el comandante José Rosario Heras ya había llegado, al igual que Fausto Corrales, quien en otra camioneta le acompañaría con un escolta. Cuando su pistolero intentó preguntar, le dijo que se limitara a manejar su camioneta.
Se puso una gorra negra, y la mujer que le acompañaba y todavía estaba desayunando, le miró sorprendida. Pero no se atrevió a preguntar.
–Tengo algo que hacer –dijo El Mayo, a manera de explicación. Salió de la casa, y echó a andar en dirección a las dos camionetas blindadas que ya le esperaban.






