Los cabilderos o lobistas profesionales
Entrevista al conocido emprendedor y empresario Daniel Rabadán Mondragón, especialista en lobby e ingeniero egresado del Instituto Politécnico Nacional, IPN.
Por: Serapio


De 2018 a la fecha han sido años singulares por donde se los mire. Años en los que el morenismo ha obligado a estar más atentos en lo relativo al quehacer político, y, como consecuencia, a reflexionar no sólo sobre lo que está pasando, sino también sobre cómo afrontar lo venidero, en general.

PROYECTO VANGUARDIA aprovecha esta singularidad para conversar con políticos, dirigentes sindicales, periodistas, historiadores y pensadores para que ayuden a entender un poco más sobre las relaciones públicas y los cabilderos o lobistas, esa especia envuelta entre mitos diversos. Hay quienes todavía, incluso, los imaginan como mercenarios con muy buenos contactos, un maletín lleno de dinero y rodeado de bellas mujeres.
Esta vez –por decisión y porque se presentó la gran oportunidad– entrevistó al conocido emprendedor y joven empresario Daniel Rabadán Mondragón, conocedor del lobbying (o cabildeo), las relaciones públicas e ingeniero químico por la Universidad La Salle.
Este trabajo periodístico rescata partes esenciales de algunas de sus más interesantes respuestas sobre su persona y, desde luego, las relaciones públicas y el cabildeo o lobby, actividades que se desarrollan para influir en las políticas y decisiones de un gobierno o institución a favor de una causa o resultado específico. El cabildeo, nos dice, es una actividad legítima y parte importante del proceso democrático.
Sin que él mismo lo supiera, anticipadamente, Daniel Rabadán Mondragón se convirtió en un individuo que a lo largo de su existencia acometería proyectos rechazados o incomprensibles por la mayoría.
Sabría interpretar las características reales del entorno a pesar de no ser percibidas por el común de la gente, lo que le permitiría hacer frente a cualquier inconveniente a su estrategia sin temerle al fracaso. Crearía grupos de trabajo con motivación suficiente para brindarle el apoyo necesario a sus fines empresariales, en particular las relaciones públicas y el lobbying, con el objetivo de mejorar las decisiones políticas a través de percepciones realistas.
No lo sabía, pero había nacido para ser un emprendedor con una gran necesidad de realización personal. Con ilusiones, lleno de energía, de creatividad y confianza en sí mismo se comprometería entera y totalmente.
Desde muy joven comenzó amar los riesgos moderados y tal vez sin proponérselo quería ser independiente y autónomo, características regularmente ligadas con el liderazgo que lleva a distintos lugares y a valerse por sí mismo.
Tenía la capacidad de tomar decisiones por su propia cuenta, sin basarse en las opiniones de los demás sino en su personalidad, en lo que en verdad le importaba: él mismo. Porque los emprendedores, cuando toman decisiones, empiezan desde adentro; saben que de nada sirve guiarse por los demás, porque ellos tienen su propia forma de pensar y los otros la suya.
Lo que hace un emprendedor es seguir sus pensamientos, sin importar las opiniones de los demás. Funcionan sin una supervisión inmediata, eligen por ellos mismos y toman decisiones personales. La independencia, lejos de lo que se cree, no es la soledad. Es tener un criterio responsable e inteligente, para pensar y decidir por sí mismo.
Sin embargo, el más justo retrato de Daniel Rabadán Mondragón quizá se desprenda de los comentarios que sobre él –al paso de los años– harían y hacen los funcionarios públicos y empresarios que le conocen y buscan su asesoría profesional de buen negociador:
“Su necesidad de mejora y superación, combinada con una insatisfacción sana y controlada, le impulsa a buscar continuamente nuevos logros comerciales; la autocrítica le permite cubrir esa necesidad de mejora, y aplicar soluciones a los problemas para evitar que se repitan”.
Pero lo más importante: “motiva a sus socios y colaboradores y los hace copartícipes de cada uno de los nuevos retos que van surgiendo”.
Esa forma de ser muy suya (independiente y autónomo) –que políticamente lo sitúa como un centrista que rechaza los extremos, busca equilibrar las políticas de libre mercado con la intervención del Estado, promoviendo el pragmatismo, el diálogo, las instituciones democráticas y el bienestar social sin abandonar la economía capitalista–, es uno de los motivos por los que no ha trabajado en el Gobierno.
En cambio, explotando su alto sentido comercial, liderazgo, su habilidad de buen negociador y, desde luego, las nada sencillas relaciones públicas (sus mayores habilidades) ha laborado y/o impulsado empresas y negocios como Opus Alimentos S. de R.L. de C.V., Grupo Litoral, Prodintec S.A. de C.V., PDV S.A. de C.V., Agaves de Guerrero R.L. S.A. de C.V. Pinturas Koraza, Restaurante La Numantina, entre otras.
Otra característica que le acompañará también por el resto de su vida, es su permanente deseo de mantener unida a su gente, a sus colaboradores. Esa impaciencia de estar siempre al lado de su “gente”, lo define como un hombre generoso, abierto y tolerante, sin sujetarse estrictamente a normas o modelos.

Hurgando un poco en México y su creciente desarrollo, encontramos que el cabildeo o lobbying acaba de nacer a diferencia de Estados Unidos, donde se formalizó a finales de los años veinte y principios de 1930.
México, con un régimen presidencialista poco dejaba a la maniobra del cabildeo. Antes del presidente Ernesto Zedillo, los secretarios de Estado, bajo las imposición o vigilancia del Presidente en turno, las leyes las hacían a su manera y según sus intereses.
Después de Zedillo, al tener el PRI un Congreso dividido y no contar con la mayoría, fue necesario influenciar a los legisladores que antes y durante el régimen priísta los cabilderos o lobbistas sólo eran un gasto y un adorno.
Con los panistas Vicente Fox y Felipe Calderón en la Presidencia (2000-2012), entraron de lleno los primeros cabilderos a negociar intereses de las empresas farmacéuticas y de la industria azucarera. En realidad, nadie ganó ni nadie perdió, pero se fortaleció la figura del cabildeo a nivel estatal, municipal y federal.
Con el priísta Enrique Peña Nieto (2012-2018), por las múltiples reformas estructurales muchas marcas extranjeras y agentes privados nacionales necesitaron de cabilderos. Las empresas de lobbying (con abogados, ejecutivos de cuenta: exdiputados o senadores, sus contactos y clientes) tuvieron un crecimiento muy importante e hicieron de esta actividad el negocio más rentable de las relaciones públicas.
Ahora con los morenistas en la Presidencia, por esta actividad hay retos y tensiones en el Congreso. Pareciera que el partido en el poder ha olvidado que el cabildeo es un derecho político de todo mexicano.
Garantizar el cabildeo de una empresa es tan legítimo y necesario como el de un colectivo social, como una cooperativa de minifundistas o una asociación civil. La razón del legislador es escuchar a todas las voces que respetan las reglas democráticas y que buscan defender su legítima causa, además de sumar y proponer reformas o creación de una ley.
Morena no ha buscado legitimar el régimen mediante el diálogo con la oposición política ni con el cabildeo profesional y organizado. Las reformas constitucionales aprobadas durante el primer periodo presidencial de la 4T, con Sheinbaum está lejos de privilegiar la política basada en consensos fundamentales para las tareas de Estado.
Para Morena, la cantidad de escaños es suficiente para un mayoriteo aplastante. Sin escuchar a nadie, votan y se tropiezan con sus propios errores de procedimiento y contenido.
No tomar en cuenta las propuestas de diversos sectores de la sociedad –e incluso de sus propios partidarios–, es un ejemplo del déficit democrático de la nueva fuerza hegemónica. Desalienta que la bancada oficial no escuche las voces de los diversos sectores de la sociedad y, “sin mover una coma”, apruebe dictámenes originales.
Los cabilderos profesionales respetan la legalidad y los preceptos éticos. Hablan más los que, con manos limpias y con propuestas, suman legítimas causas a intereses colectivos en determinadas agendas públicas.
Si existen casos de presunta corrupción, que se demuestren. Pero una condena así, proveniente de la bancada mayoritaria, es un despropósito y una señal clara de autoritarismo.
Llama la atención que la titular del Ejecutivo federal se reúna con los principales empresarios del país, convocándolos a la unidad y a la participación frente al reto económico y la “injerencia” de Donald Trump en la política mexicana, y que por otro lado los coordinadores parlamentarios de Morena impongan restricciones a la tarea de cabildeo.
Una democracia sana reconoce el papel de los diversos sectores de una sociedad plural y vibrante que, a través del cabildeo, busca sumarse al interés colectivo en la formulación del andamiaje legal del país.
En ocasiones, la información técnica y argumentativa proporcionada por estos actores es vital para la elaboración de un dictamen de ley, especialmente cuando el Ejecutivo guarda silencio o cuando la vida orgánica legislativa no cuenta con los instrumentos suficientes.
El cabildeo no es bueno o malo, es un mecanismo natural, lícito y real de la comunicación social.













