Esperas y sigues esperando

¿Es ilusión o simplemente vivimos la realidad?

¿Cuántas y cuáles expectativas tienes?

Por: Verónica Lucía Nava Rubio

Desde la infancia nos enseñaron a creer que la mayoría de los adultos están en lo cierto, que por ser jefes representan una figura de autoridad y debemos creerles: pues están en lo correcto y tienen la capacidad para dirigirnos.

Hasta que la realidad nos alcanza y caemos en cuenta que nuestra perspectiva, pero sobre todo nuestra opinión o juicio preconcebido, formada sin la experiencia o el conocimiento adecuado sobre esa persona, es erróneo. Lo mismo sucede en el trabajo: queremos ese cargo de ensueño e idealizamos cómo será la vida que pudiéramos tener si se hace realidad.

Triunfar, alcanzar una meta y gozar cuando logramos los objetivos que nos hemos propuesto, es parte de nuestra naturaleza racional.

Lo mismo sucede en las relaciones humanas. Cuando conocemos a alguien, por factores sociales, culturales y psicológicos, comúnmente nos formamos una perspectiva o prejuicios que (en muchos casos) distorsionan la forma en que percibimos la realidad, influyendo en nuestras actitudes y comportamientos hacia otros.

Empero, ¿cuántas veces realmente los sueños se hacen realidad? ¿cuánto nos esforzamos por cumplir no sólo con nuestras propias expectativas, sino con las que otros tienen de nosotros? ¿hasta qué punto estamos dispuestos a sacrificar lo que somos, lo que hemos alcanzado, sólo por una ilusión?

Es frustrante saber que en algún punto de la vida nos hemos deslindado de nosotros mismos, hasta perdernos, incluso de la manera más consciente, que, quizá, sabemos no ocurrirá. Las motivaciones nos impulsan, nos permiten avanzar, pero cuando exceden los límites de lo alcanzable se convierten en frustraciones.

Esto lo podemos ver en las diferentes épocas de la vida: en la infancia, nos incitan a creer que todos los sueños son posibles, que los podemos volver realidad. En la adolescencia, que todos son procesos, momentos. Nos sentimos los más importantes, pero también creemos carecer de valor o buscamos hacerlo de inmediato, sin límites; sin darnos cuenta de que todo tiene su momento. Pero necesitamos una razón para continuar por la transición que es la juventud.

En la vida adulta, con los empleos, las parejas, obligando en un extremo a ser y comportarse como esperaríamos o soñamos que fuese esa pareja o relación ideal. En las relaciones sociales, buscando coincidir con personas parecidas a nosotros en pensamiento, cultura, estatus, entre otras.

En lo económico: alcanzar o mantener cierto status o un nivel de vida mínimamente adecuado para que satisfaga las necesidades y un poco más. En lo familiar: queremos que nuestros hijos o parejas sean de una determinada forma.

En el ocaso de la vida, nos cuestionamos si seguimos importando en el mundo de jóvenes, si todavía nos necesitan, si todavía podemos lograr ese objetivo tan anhelado; nos caemos, nos levantamos, nos enfermamos, creemos, fracasamos, ganamos, vivimos.

Las expectativas no sólo son pensamientos o meras ideas, sueños, objetivos cuyos límites son la realidad misma. ¿Hasta cuándo dejaremos de soñar? ¿En serio vivimos en la realidad? ¿Qué es lo real?

La perspectiva de la vida hace a cada ser humano único, su forma de pensar y ver el mundo lo vuelve fascinante; cada quien tiene su propia forma de pensar, de vivir y eso ha permitido avanzar no sólo en ciencia y tecnología, sino también en sociedad, sin perdernos en el proceso.

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