Actor clave en la vida pública de la capital
Su nombre se pronuncia con respeto entre sus compañeras y compañeros de trabajo y del gremio sindical
Por: Juan Rubio Gualito

Durante los últimos meses me resistí a escribir sobre el hombre, el líder, el amigo, arrastrado por el clásico prejuicio del “¿qué dirán?” Sin embargo, dejando de lado todo temor personal, creo necesario reflexionar sobre el fenómeno político y social que representa Hugo Alfredo Alonso Ortiz para la historia del muy golpeado gremio de Limpia y Transportes de la Ciudad de México. Su liderazgo ha dado visibilidad y trascendencia política a un sector históricamente marginado, convirtiéndolo en un actor clave en la vida pública de la capital. Pero, sobre todo, ha transformado la vida de miles de trabajadoras y trabajadores, así como la de sus familias.
Su nombre, que hace apenas dos décadas era poco conocido, hoy se pronuncia con respeto entre sus compañeras y compañeros de trabajo y del gremio sindical. Ya no es sólo Hugo Alonso: es “el Jefe Hugo”, sobrenombre que seguramente sobrevivirá y formará parte del recuerdo colectivo entre quienes lo conocemos.
En textos como este, siempre existe la tentación de exagerar las virtudes o caer en elogios desmedidos hacia quien dirige el rumbo laboral de miles de personas. Sin embargo, este escrito sólo busca ser un modesto homenaje a una persona cuya contribución al movimiento sindical de clase ha sido imprescindible en la Ciudad de México. Una modestia que, por cierto, es lo que más caracteriza a Hugo Alonso como persona y como dirigente sindical.
Su estilo de liderazgo –austero, directo, sin poses– ha sido ejemplo dentro de la Sección 1. Su manera de relacionarse con las y los trabajadores, alejada de los reflectores, ha configurado una forma de trabajo cercana, firme, y profundamente humana. Ese estilo, tan poco común en estos tiempos, sintoniza con los nuevos liderazgos impulsados por la Cuarta Transformación: líderes que provienen del pueblo y caminan junto a él. Su comunicación es directa y sin artificios, reflejando las cualidades de cualquier militante de base. Hugo Alonso forma parte vital de un vasto engranaje de más de 30 mil individuos, incluyendo trabajadores sindicalizados, no sindicalizados y de nómina 8, quienes comparten el noble propósito de mantener esta ciudad limpia a través de su incansable labor.

Más allá de su carisma y presencia, lo verdaderamente destacable es su aporte al bienestar, la dignificación y el desarrollo de las condiciones laborales de las y los trabajadores de limpia, un gremio históricamente invisibilizado y menospreciado. Sus logros no son resultado del azar ni de discursos vacíos, sino del fortalecimiento de una vida sindical activa y combativa. Hugo Alonso no se refugió en la supuesta “neutralidad política”, sino que apostó por el análisis, la organización y la toma de postura, siempre con un objetivo claro: defender los intereses colectivos de su gremio desde una visión de clase, sin renunciar jamás a la lucha por los derechos laborales y la justicia social.
Para el “Jefe Hugo”, ser un buen sindicalista no se reduce a tener un gran análisis político, ser un buen orador o jactarse de ser un militante de izquierda. Para él, lo fundamental es ser un dirigente apegado a las bases, que atienda sus necesidades por encima de intereses políticos e incluso personales. Es esencial, además, ser congruente entre lo que se dice, se hace y se piensa. Esta congruencia, en su caso, lo llevó en numerosas ocasiones a asumir tareas que las y los compañeros consideraban que no debía, como estar en la primera línea de un conflicto, al frente de una movilización, en un paro laboral o en un enfrentamiento abierto, incluso con criminales que ponían en riesgo la integridad de quienes lo rodeaban.
Para él, las horas de trabajo son diferentes. Si le pides una cita, nunca se negará; simplemente dirá: “…ya sabes dónde estoy, ¡llega a las 5:30 am!” Y aunque para muchas personas incrédulas esto parezca una evasión, quienes lo conocemos sabemos que te esperará con un café caliente y un pan de dulce que hará más llevadera la hora de la cita. Esto ocurre lo mismo si es con una compañera sencilla, preocupada por su tramo de barrido, o con un alto funcionario de Gobierno con quien deba negociar un asunto laboral.

A diario se le ve recorrer la Ciudad de México en una camioneta sencilla, de modelo poco reciente, siempre deprisa, como si el tiempo apremiara, con la clara intención de ser el primero en llegar. También lo encontrarás atendiendo personalmente a alguna compañera o compañero que lo necesite, siempre con una sonrisa y una broma mordaz. Es el sello de alguien que trabaja desde la adolescencia y ha curtido su piel y espíritu con el noble mazo del trabajo. Parece no ver a nadie, pero nos tiene a todas y a todos presentes, en la mente y en la mirada… una dualidad desafiante, por un lado, pero inmensamente satisfactoria y enriquecedora por el otro. Cada momento a su lado es una auténtica cátedra de lucha de clases.
Alguien podría decir que he traicionado mi promesa inicial de evitar los halagos. Pero no es así. Cada línea escrita aquí responde a la verdad. No hay exageración, sólo el esfuerzo –quizás insuficiente– de retratar con honestidad a un hombre que ha sido fundamental para su gremio, para su organización y para una causa que trasciende generaciones.
No podríamos finalizar estas líneas sin mencionar que una nueva etapa se avecina para él. No está lejos el día en que represente no sólo a las y los trabajadores de limpia, sino a todo el personal de base del Gobierno de la Ciudad de México. Pero estoy seguro de que no cambiarán esas madrugadas frías con café y pan, esas comidas improvisadas en los centros de trabajo, con carnitas, tortillas y salsa molcajeteada, ni esa fuerza inagotable para seguir luchando por cada trabajadora y trabajador del gremio. Porque, como escribió Bertolt Brecht:
“Hay hombres que luchan un día y son buenos. Hay otros que luchan un año y son mejores. Hay quienes luchan muchos años y son muy buenos. Pero hay los que luchan toda la vida: esos son los imprescindibles”.






