Algunos de sus gobernantes se hicieron nuevos ricos.
Brugada no debe olvidar lo sucedido a sus antecesores que no sólo fracasaron, sino perdieron, además, hasta las ansias de más poder

Por: Mario Hernández González
La historia reciente del país ha demostrado que la Ciudad de México es como la Hidra de la mitología griega, el monstruo que regenera dos cabezas por cada una que pierde. La jefa de Gobierno, Clara Brugada, no debería, entonces, echar en saco roto lo sucedido a algunos de sus antecesores que, en su lucha contra ese engendro serpentino no sólo fracasaron, sino que perdieron hasta las ansias de más poder.
A quienes intentaron doblegarla la Ciudad de México les demostró que es una entidad burocrática llena de contradicciones: generosa con algunos (los hizo nuevos ricos), pero implacable con quienes intentan utilizarla de trampolín político: Ernesto P. Uruchurtu, Alfonso Corona del Rosal, Alfonso Martínez Domínguez, Carlos Hank González, Manuel Camacho Solís, Óscar Espinosa Villarreal, Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano, y Marcelo Ebrard Casaubón, por ejemplo.
En este nuevo siglo, Andrés Manuel López Obrador y Claudia Sheinbaum (primera mujer en ser elegida para gobernarla) descubrieron que liderarla no es un paseo por su Alameda Central. Sino que se requiere preparación, estrategia y seriedad, y que las cosas importantes exigen un enfoque bien estructurado.
Históricamente, la Ciudad de México ha sido considerada como la antesala o el trampolín natural para los liderazgos políticos más importantes. De ahí que el cargo de regente (o jefe del Departamento del Distrito Federal y hoy jefe de Gobierno), ha sido uno de los grados más codiciados. Sin embargo, sólo unos cuantos han logrado ocupar la silla presidencial.
La jefatura de Gobierno es la posición de mayor visibilidad y poder. Sirve como una prueba directa de capacidad ejecutiva; como un paso previo fundamental hacia el Ejecutivo federal. El concentrar los tres poderes de la Unión y ser el epicentro de la vida económica, social y mediática del país, la convierte en el escaparate mediático y político por excelencia, por lo que su titular está permanentemente expuesto al escrutinio nacional.
Al mandatario o mandataria en turno, le permite posicionar programas sociales, proyectos de infraestructura y políticas públicas a gran escala, que –si están bien enfocados y bien estructurados– le servirán como carta de presentación a nivel nacional. Maneja un presupuesto y un capital político equivalentes, al de un gobierno estatal de primer orden.
La capital se ha consolidado como un semillero de potenciales presidentes. Fenómeno que se evidenció en los procesos electorales de 2018 y 2024, en los que López Obrador y Sheinbaum llegaron a la Presidencia de la República, tras de haber sido jefes de Gobierno de la Ciudad de México.



Los que no llegaron



Uruchurtu, conocido como el “Regente de Hierro”, gobernó la capital durante catorce años (1952-1966; inició con Adolfo Ruiz Cortines, siguió con Adolfo López Mateos y concluyó con Gustavo Díaz Ordaz. La mano dura fue su política y se le llegó a considerar tan poderoso como los presidentes que sirvió. Quizá por ello, por medio del Congreso de la Unión, Díaz Ordaz lo frenó en seco. Los diputados (todos priístas) pidieron su cabeza por el violento desalojo con el que, con tractores, se destruyeron viviendas en una colonia popular del sur de la capital.
Lo sucedió el general hidalguense, Corona del Rosal, quien intentó colarse en la sucesión presidencial, que también pretendía el secretario de Gobernación, Luis Echeverría Álvarez (a la sazón Presidente de la República), quien astutamente dejó correr la respuesta oficial que el militar ofreció por la matanza del 2 de octubre de 1968: (“¡Tlatelolco!, horrenda matanza urdida por mentes enfermas”), la cual, de tajo, acabó con sus sueños presidenciales.
Martínez Domínguez, ex presidente del PRI con fama de político implacable, duró apenas seis meses en la Regencia (1 de diciembre de 1970 al 15 de junio de 1971) no tanto por la masacre del Halconazo del 10 de junio, sino por desafiar al presidente Echeverría. Aun cuando renunció tras El Halconazo, observadores del quehacer político nacional consideran que su declinación fue producto de las luchas de poder, y no como resultado de los trágicos disturbios.


Durante la presidencia de José López Portillo (1976-1982) llegó a la Regencia el político y empresarios que afanosamente buscó la Presidencia: Carlos Hank González. Sin embargo, la Constitución se lo impidió, por ser hijo de padre extranjero.
Aguirre Velázquez, jefe del Departamento del Distrito Federal de 1982 a 1988, fue incluido en la lista de los posibles sucesores del presidente Miguel De la Madrid. Pero jamás tuvo posibilidades reales, en parte, por su pasividad (al igual que la del Presidente) frente a los estragos que causó el terremoto de septiembre de 1985.
Con Camacho Solís el Distrito Federal se convirtió en el poder alterno al presidencial de Salinas de Gortari, quien lo dejó crecer para que le ayudara a recuperar la capital perdida en 1988. Pero Salinas, en realidad, sólo jugó con sus sueños presidenciales, pues su “gallo”, desde el principio, era el malogrado sonorense Luis Donaldo Colosio. La historia es bien conocida.
Cuando Espinosa Villarreal llegó, el PRI prácticamente desapareció en el DF (fue el último regente del tricolor), lo que permitió que el PRD creciera de forma espectacular y que, en 1997, Cuauhtémoc Cárdenas fuera el primer gobernante electo en la capital con la votación más alta de la historia, aunque luego, en 2000, perdió las elecciones presidenciales.










