El pago del silencio y la sumisión
Cercano está el 2027, y si la “defensora de la soberanía” no asume el mandato constitucional que el pueblo le confirió, seguirá siendo marioneta.
Por: Manuel Muñiz

La máxima de que “el tiempo no perdona”, parece nuevamente cobrar factura a quien, con el ansia de hacerse del poder político, utilizó como frase de campaña: “no mentir”, “no robar”, “no traicionar” porque ahora, todo mundo sabe que el gobierno morenista, no ha cumplido su slogan “la esperanza de México”.
Por lo tanto, hoy Claudia Sheinbaum ¿con qué cara insiste en la perorata de que ellos, los de Morena, no mienten, no roban y no traicionan al pueblo? A sabiendas de que no pocos miembros del partido que la llevó al poder presidencial, en lo federal, estatal y municipal son señalados de cometer esas lindezas que han roto la confianza en la sociedad, y, en el contexto político, forman parte de su cacareado lema “no robar, no mentir y no traicionar”.
Hace más de dos décadas, cuando López Obrador era un político del montón –sabiendo que por su casi nulo intelecto jamás lograría sostener su frágil autoestima–, milagrosamente, después de darle muchas veces vueltas al asunto, se le prendió el foco y se dijo que, para alcanzar sus metas muy personales, debía aprovecharse de la necesidad e ignorancia de la base social representada, en gran mayoría, por obreros, campesinos y sectores marginados o de clase baja.

Los más jodidos, sí, pero, por ser mayoría, la fuerza política que históricamente ha sido el motor principal de los cambios sociales y las revoluciones, pues, a diferencia de las élites gobernantes, actúan como un bloque numeroso cuya movilización define procesos electorales o revueltas.
Su corto intelecto, sin embargo, le indicó que para ganarse la confianza de esas masas amorfas primero debía vestirse con piel de oveja (es decir, mostrarse inofensivo y bondadoso, para ocultar sus intenciones maliciosas, egoístas y peligrosas), después erigirse como defensor del pueblo y, en particular, como defensor de los más necesitados, que estaban hartos de la corrupción e impunidad gubernamental, de los partidos y de sus mentirosos políticos, así como ávidos de un Mesías o su “salvador”.
Y así lo hizo: se vistió con piel de oveja y después se erigió como defensor del pueblo, pero en especial como defensor de los más necesitados. “Primero los pobres”, fue su lema. Los resultados están a la vista, de quien quiera verlos.
Uno de los principales factores que llevó al país a la crisis que hoy viven 130 millones de mexicanos es la corrupción, que se disparó en el sexenio de López Obrador, engañando y traicionando a quienes lo llevarían a la Presidencia: los más necesitados. Regalándoles dinero del erario (primero como jefe de Gobierno de la Ciudad de México, 2000-2005), fraguó su ascenso al poder presidencial.
Repartiendo miles de millones de pesos del erario (que no suyo), lo mismo a la gente que realmente lo necesitaba como a aquellos que jamás han trabajado ni luchado, aunque se estén muriendo de hambre, fue la fórmula que le allanó el camino a sus mezquinas ambiciones muy personales.
“Qué tal si digo al pueblo que le daré lo que nadie le ha dado: ‘dinero fácil’, que no le cueste ganarlo y se le entrega con sólo estirar la mano; qué tal si lo convenzo de que vamos a acabar con los corruptos (‘esos que los tienen así de jodidos’); que meteremos a la cárcel a los expresidentes; que bajaremos el precio de la gasolina; que la canasta básica y las medicinas, llegarán a todos los mexicanos; que…”.
Esos eran los soliloquios y las promesas del llamado Peje, sin duda, pues para eso se pintaba solo. El mismo que no desdeñaba servir de alfombra a priistas, panistas o perredistas con tal de escala hacia el poder público y poder entrar en lo que él mismo llamó, una vez encumbrado, la “mafia del poder”. “Mafia” que (hoy representada por el partido creado por él, Morena), está mejorada y aumentada. Porque aprendió bien de su creador.
Soliloquios y promesas del narcisista con la necesidad de exagerar sus “logros”,” talentos” o posición y que espera ser reconocido como superior sin haberlo ganado. Del incapaz de reconocer, comprender o sintonizar con los sentimientos y necesidades de los demás.
Pero también, de quien hoy persiste en buscar atención, halagos y admiración de manera constante para sostener su frágil autoestima, aunque entre las patas se lleve a su sucesora, por persistir en defender de las acusaciones y señalamientos estadounidenses a sus amigos (Rubén Rocha Moya y Adán Augusto López Hernández) y familiares (sus hijos, Andrés Manuel, “Andy”, y Gonzalo López Beltrán) por sus presuntas ligas con el crimen organizado.
El “pueblo”, como él le llama a los más jodidos, ha sido traicionado, engañado, se le ha mentido vilmente. El país está sometido a un saqueo brutal, a un robo a la alta escuela y, por ende, a los más jodidos, a quienes él mismo y los líderes de “izquierda” sólo utilizan como capital político. A sabiendas de que éstos los aguantarán mientras les “unten el bigote”. Mediante la dádiva bimestral los tienen calladitos, amordazados.
El 2027 está a la vuelta de la esquina, y si la “defensora de la soberanía”, de los narcos, huachicoleros y mafia del poder no se pone las pilas y asume, de una vez por todas, el mandato constitucional que el pueblo le confirió y que hoy le demanda, seguirá siendo la marioneta de El Peje y sus aliados.










