Fue la primera línea de la lucha de EU contra el comunismo.
La muerte de dos agentes de la CIA en Chihuahua, es un rotundo ejemplo de que en materia de espionaje la realidad supera a la ficción.
Por: J. Cruz García Espinosa

En materia de espionaje la realidad va más allá de lo que la ficción aun no alcanza a imaginar. Un rotundo ejemplo lo es la muerte de dos agentes de la CIA registrada durante la madrugada del domingo 19 de abril, luego de sumarse a un operativo contra el narcotráfico, en una zona remota en la Sierra Madre Occidental, en el estado de Chihuahua.
El extraño, como misterioso hecho, en el que también perdieron la vida otros dos agentes de la Agencia Estatal de Investigación de Chihuahua (AEI), no hubiera pasado de un desgraciado suceso ocurrido en un lugar lleno de escarpados desfiladeros, si no es por el fallecimiento de los dos detectives norteamericanos que (al igual que otros dos de sus compañeros, que también participaron en el operativo antidrogas), para mimetizarse con los elementos mexicanos, usaban uniformes de la AEI.
Según los primeros informes sobre el siniestro, en cinco vehículos que integraban el convoy policiaco, durante la madrugada se desplazaban elementos mexicanos (no se informó cuántos) y cuatro agentes norteamericanos de la CIA por una carretera remota de la sierra de Chihuahua. Horas antes, habían participado en la localización de laboratorios clandestinos de metanfetamina en el municipio de Morelos.

El siniestro se produjo cuando uno de los vehículos, en el que iba en punta y en el que viajaban dos agentes de la CIA y dos elementos de la AEI, derrapó, salió del camino y cayó por un escarpado desfiladero, provocando una explosión. Los otros dos norteamericanos, que los seguían en una camioneta, bajaron la montaña a pie con la esperanza de salvar a sus compañeros, según se diría después.
Los dos efectivos de la Agencia Central de Inteligencia norteamericana que fallecieron y sus otros dos compañeros ilesos, habían participado en tres operativos antidrogas en el estado de Chihuahua en 2026, aseguraría tres días después el diario estadounidense Los Angeles Times.

Al referirse a la muerte de los dos agentes norteamericanos, la publicación informó que “según las fuentes, fue al menos la tercera vez este año que agentes de la CIA se unieron a las autoridades de Chihuahua en una operación contra el narcotráfico”.
Históricamente, las agencias estadounidenses, incluida la CIA, proporcionan regularmente información de inteligencia a la policía y al Ejército mexicanos, pero la participación de agentes extranjeros en operaciones policiales está prohibida por la Constitución mexicana, por lo que el operativo (planeado durante tres meses por la AEI de Chihuahua y la embajada norteamericana, luego se filtraría) podría interpretarse como injerencia de Estados Unidos en México. Incluso la presidente Sheinbaum aseguró que ella no fue informada, como tampoco las otras instancias federales.
En México, la CIA tiene la estación de espionaje más grande del mundo. Al extremo de que tuvo en su nómina de informantes a sueldo a los presidentes Adolfo López Mateos, Gustavo Díaz Ordaz y Luis Echeverría Álvarez, así como a otro puñado de poderosos funcionarios mexicanos como Fernando Gutiérrez Barrios, Miguel Nazar Haro y Florentino Ventura, entre otros, con quienes intercambiaba información política y de investigación confidencial de mano a mano.
Entre muchos resonados acontecimientos de mediados del siglo pasado, advirtió la trascendencia del movimiento ferrocarrilero que encabezó Demetrio Vallejo, semilla de otros brotes subversivos.
Dio seguimiento puntual a los alzamientos guerrilleros en Chihuahua de principio a fin y sus inicios en Guerrero.
Vivió, influyó, reportó y manipuló desde México la organización de la revolución cubana y poco después el fracaso de la operación de Bahía de Cochinos y la crisis de los misiles. Lo mismo hizo, desde primera línea, los acontecimientos del movimiento estudiantil de 1968.
Vigiló los pasos a Lee Harvey Oswald entre las embajadas de Cuba y la URSS en la Ciudad de México días antes de que asesinara a John F. Kennedy, y después del asesinato ocultó y hurtó información sobre el magnicidio.



La historia de la CIA en México está inmersa en la Guerra Fría, desatada entre los capitalistas aliados de Estados Unidos y los comunistas satélites de la entonces Unión Soviética. Una guerra sorda en la que el principal frente de batalla fueron los entretelones del espionaje internacional.
Después de la Segunda Guerra Mundial la importancia geopolítica de México se incrementó al convertirse en uno de los principales escenarios de esa guerra. La Ciudad de México era el único lugar en América Latina donde había embajadas de cada país comunista, entre cuyo personal, al igual que en la de Estados Unidos, operaban agentes de sus respectivas oficinas de inteligencia con libertad de movimiento por todo el país y acceso a la enorme frontera norte.
México, en no pocas ocasiones, fue ruta de escape para los agentes soviéticos que estaban a punto de ser atrapados por el FBI en Estados Unidos, como Andrew Dalton Lee, que entregaba sus secretos en la embajada soviética en México, o el escritor Maurice Hyman Halperin, que consiguió empleo en la UNAM luego de huir de la Unión Americana, o los criptógrafos de la Agencia de Seguridad Nacional William Martin y Vernon Mitchell y muchos otros.
Los espías estadunidenses que operaban para la inteligencia soviética se reunían en México con sus oficiales de caso. Esto se multiplicó en la década de los 60s, después de la revolución cubana, ya que sólo México mantuvo relaciones diplomáticas con Fidel Castro en todo el continente y era la única ruta de transporte entre la isla y el resto de América.
En aquellos años, México era un hervidero de espías, conspiradores y asesinos. Un santuario de agentes, de desertores y de muchas operaciones traicioneras.
La estación de la CIA en México, fue la primera línea de la lucha de Estados Unidos contra el comunismo internacional, tan importante para Latinoamérica como Berlín lo fue para Europa. Eso fue lo que la convirtió en la estación de la CIA más grande del mundo.
En territorio mexicano se tejieron complejas madejas de intrigas, asesinatos, secuestros, desapariciones, tráfico de información y espionaje.
En su libro “American Spy: My Secret History in the CIA”, Winston Mackinley Scott –oficial de la Agencia Central de Inteligencia y mano derecha del director, Allen Dulles; que se desempeñó como jefe de la estación de Ciudad de México desde 1956 hasta 1969–, señala que el entonces Distrito Federal “era una gran metrópoli llena de ideologías en conflicto, con agentes provenientes de distintos países espiándose los unos a los otros.
“(de) alzamientos populares con grandes negocios tratando de controlarlos; tráfico de armas, tráfico de drogas; tráfico de secretos; lavado de dinero; personas escondiéndose; personas buscando personas escondidas; refugiados de dictaduras; agréguense todas las demás permutaciones de una lucha de poder internacional apenas imaginable”.
Según documentos desclasificados por Trump, la estación de la CIA en México tenía en 1966 fichas de nueve mil “personalidades”.
El reclutamiento de agentes y la operación en México se facilitaba porque en el marco legal la figura del espionaje no estaba ni está configurado. La Constitución ni siquiera menciona la palabra espionaje. El tema es abordado y regulado por las leyes mexicanas bajo el concepto de Seguridad Nacional, por lo tanto, se refiere específicamente a los intereses del Estado Mexicano, dejando un amplio vacío en lo referente al espionaje entre y hacia otras naciones que tenían y tienen representación diplomática en México, a diferencia de lo que sucede en otros países, principalmente de Europa.
En aquella época, el delito de espionaje en México prácticamente no se podía configurar. En esos colosales asuntos, la figura protagónica estelar fue Mackinley Scott, considerado un “verdadero maestro del espionaje” que participó en cientos de operaciones encubiertas y tras ser obligado a retirarse escribió su revelador libro. Pero cuando estaba a punto de publicarse murió repentinamente el 26 de abril de 1971, a los 62 años, sin estar enfermo.
El acta de defunción sugiere que la causa fue un “repentino ataque cardíaco”. Sin embargo, nunca se le practicó la autopsia de ley.
Enterado del “repentino ataque cardíaco” del indiscreto Mackinley Scott, personalmente el director de contraespionaje de la CIA, desde Washington, llegó a la casa de Mackinley Scott, en Lomas de Chapultepec, apenas horas después, y confiscó el libro, tres cajas grandes y cuatro maletas repletas de documentos secretos, que en su mayoría se mantienen clasificados hasta el día de hoy.










